«The ballad of John and Yoko» y habitaciones de hotel con historia

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No hay nadie, creo, en mi árbol (IX)

Esta canción fue compuesta por Lennon en el 69 y cuenta las vicisitudes de Lennon y Yoko para poder casarse y tener unos días en paz: en su odisea, una de las paradas fue Amsterdam.

Se habían casado el 20 de marzo en Gibraltar y pasaron del 25 al 31 metidos en la cama de la habitación 702 del hotel Hilton de Amsterdam manifestándose en favor de la paz en plena guerra de Vietnam. Invitaron a la prensa, que, después de haber aparecido desnudos en la portada de «Two virgins», esperaban cualquier cosa. Pero ellos solo querían pedirle al mundo que le diera una oportunidad a la paz.

Glory y yo tuvimos la suerte de entrar en esa mítica habitación 702.

Nos alojábamos cerca y nos acercamos a ver sin mucha esperanza de conseguir gran cosa, pero ocurrió como nos han ocurrido todos los «acercamientos» a lugares emblemáticos beatles, que, sencillamente, sucedía sin más.

Entramos en el hotel y, antes de llegar a recepción, nos habían saludado o abierto una puerta dos o tres botones. Y en seguida, una vez dentro, se nos acercó otro: un señor muy amable que, en cuanto oyó en nuestro precario inglés las palabras John y Yoko en seguida nos dijo:

―¿La habitación de John y Yoko? ¿Queréis verla?

¡Sí!

―Voy a ver si está ocupada, si no, os la enseño.

(Todo esto en inglés, claro).

Y este señor, que no nos cupo duda de que era otro fan, nos llevó hasta la habitación. En la puerta está grabada la caricatura que Lennon hizo  de ellos, y esa misma imagen se repite en varios sitios dentro de la habitación. Cuando entramos tuvimos la sensación de estar en un lugar mágico, como Strawberry Field. El botones estaba casi tan emocionado como nosotras, haciéndonos fotos y animándonos a disfrutar de aquel lugar y aquel momento.

Esta canción, «The ballad of John & Yoko» me lleva, necesariamente, a aquel momento y a aquel lugar.

No sé por qué, desde pequeña pensé en Liverpool como algo inalcanzable. Incluso cuando tenía tiempo y dinero para hacer un viaje, ni me lo planteaba. No sé por qué. Pero de pronto ocurrió que Liverpool quiso que yo fuera y todo fue fácil: gente con quien ir, billetes de avión, alojamiento. Todo facilísimo. Incluso misteriosamente facilísimo.

Yo pensé, después de la primera visita, que aquellas primeras impresiones en Liverpool iban a ser únicas, es más, insuperables, que aunque fuera en otras ocasiones, la emoción de la primera vez que pisé la Caverna o Strawberry Field, no se volvería a repetir. Pero no.

Bueno, obviamente, a la vuelta de mi primer viaje llevaba una exaltación que raramente se repetiría después. Pero, cuando he vuelto, Liverpool me ha vuelto a abrazar en cada lugar que visitaba, y el enardecimiento se hacía intenso como la primera vez o más, aunque cuando volviera a España lo hiciera más sosegada.

La primera vez que puse un pie en el John Lennon Airport casi me dieron ganas de besar el suelo, no podía creer que estuviera allí. Aquel fue el viaje en el que todo era nuevo, sorprendente y especial. Y también fue el viaje de Glory.

Nuestra última noche en Liverpool la pasamos entera Rosa y yo en la Caverna. Cerveza, rock & roll, mi mejor amiga, gente con quien bailar. El paraíso.

Entre la gente que había bailando, de todas partes, italianos, españoles, ingleses, franceses… vi a una chica que yo pensaba que estaba con un grupo de españolas. Llevaba un om tatuado en el brazo. Om viene a ser lo mismo que George Harrison. Yo llevaba el mismo símbolo en un colgante y también tatuado en el tobillo. A ambas nos atrajo el om de la otra y eso nos hizo hablar, bailar, beber cerveza, compartir tabaco y convertirnos en amigas. De camino al albergue que, curiosamente, era el mismo, sentí que había encontrado a alguien muy especial capaz de entender las rarezas de una beatlémana intrauterina. Y la segunda vez que volví a Liverpool, tres años después, fue con ella.

Regalos que te hace la Cavern.

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