Penny Lane, Strawberry fields, el Casbah y las peregrinaciones necesarias

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No hay nadie, creo, en mi árbol (X y última)

La tercera vez que fui a Liverpool, en abril de 2011, fue el mejor viaje de mi vida. Entre otras cosas hicimos una peregrinación muy especial.

Yo tengo establecidos tres niveles de peregrinación-beatle:

1. Peregrinación nivel BÁSICO. Para simpatizantes.

2. Peregrinación nivel AVANZADO. Para fans bastante fieles.

3. Peregrinación PREMIUM. Para frikis.

4. Peregrinación PREMIUM + BONUS. Para superfrikis

La nuestra fue, en aquella ocasión, la Premium. Muy completita: Primer destino: Penny Lane. Cogiendo de Wapping el autobús 86, aunque también te llevan el 76 y el 77, en unos veinte minutos llegamos a Penny Lane. A partir de este momento todo lo visitado será andando, que para eso es una peregrinación.

Siempre pensé que Penny Lane era la Calle del Céntimo (el penique, el centavo), pero no. En Liverpool dedicaron la calle a un tipejo llamado James Penny, que comerciaba con esclavos en el s. XVIII. Cuando tener el nombre de semejante indeseable en una calle se convirtió en un despropósito y quisieron cambiarlo, fue imposible: los Beatles ya la habían inmortalizado por otro motivo mucho más loable. Le dedicaron una canción a su barrio.

Imaginar lo que dice la canción es como leer un cuento lleno de ilustraciones en las que se ve al barbero saludado a la gente que pasa por su escaparate, a los niños que se ríen del banquero que no lleva chubasquero, al bombero con la foto de la reina y a la enfermera vendiendo amapolas.

Es una escena de barrio de la periferia, podría haber sido mi barrio en Alcalá.

Recorrer la calle y hacernos las fotos nos lleva una media hora. Desde allí, a otra media hora por Church Road, vamos al 12 de Arnold Grove, la casa de George Harrison, ahora de unos particulares que estarán hartitos de ver llegar gente y hacerse fotos en su puerta. Es un callejón modesto, como George, pero está bien sentarse ahí un ratito y pensar en él, imaginarlo correr y jugar siendo un niño.

A tres cuartos de allí, desandando gran parte del camino, pues hay que volver a pasar por Penny Lane, recorremos Allerton Road y Mather Avenue Surgery. Y llegamos, por fin, al 21 de Forthing Road, la casa de Paul Mc Cartney. Esa casa por lo visto está abierta a visitas, pues forma parte, con la John Lennon, de un museo o algo así del ayuntamiento liverpooliano. Pero cada vez que hemos ido era en una época en que estaba cerrada. Poco importaba, nosotros seguíamos con el ritual: sentarnos en el escalón frente a la casa, foto, recuerdo para Paul. 

De allí, a una media hora por Broker Avenue y Yewtree Road, nos vamos a Strawberry Field.

Llegar a Strawberry Field es siempre un momento mágico. Se encuentra en un recodo en Beaconsfield Road, una calle estrecha y peligrosa, donde los coches van bastante rápido. Pero, como digo, llegar allí es como llegar a un trozo del alma beatle. Te quedas callado, miras a través de la verja fresa. Imaginas allí a John, a los niños. Tarareas la canción…

Lennon la compuso a finales del 66 en Almería, cuando vino a rodar «How I won the war». Él dice de esta canción que es un psicoanálisis hecho música. Casi como ir al psiquiatra pero más barato, más creativo, más liberador, más efectivo. Mejor. Lo hacen también los pintores, los escritores… El arte sirve, básicamente, para no volverse loco.

Strawberry Field es un lugar enigmático en Liverpool. Yo creo que hay lugares en el mundo que concentran una energía especial: Stonehenge en Inglaterra, el Faro de Caballería en Menorca. Strawberry Field en Liverpool. El lugar te atrapa sin más. Fue un orfanato para los hijos del Ejército de Salvamento. El patio trasero de la casa de la tía Mimí, con la que vivía John, conectaba con esos campos y era su lugar de juegos en su niñez. De ahí «Strawberry Fields Forever». Todas las respuestas están en ayer («Oh, I believe in yesterday», que diría McCartney). Aquélla era una época de confusión y bloqueo para Lennon y la respuesta estaba en el pasado, la niñez, la música. Strawberry Fields Forever. Pero no podemos pretender entenderlo literalmente porque el psicoanálisis y el surrealismo tienen sus claves. Sin embargo, una vez desveladas, todo es transparente.

El verso «No one I think is in my tree« (No hay nadie, creo, en mi árbol) refleja ese estado en el que parece que nadie te entiende. El árbol es demasiado bajo o demasiado alto para que alguien más pueda estar en él. Es la soledad del incomprendido. Antes había dicho ya que se estaba poniendo difícil ser alguien («It’s getting hard to be someone»), aunque, afortunadamente «it all works out» (todo se resuelve).

De Strawberry Field debemos seguir subiendo otros quince minutos por Beaconsfield hacia Sant Peter Church, otro lugar mítico, pues en el año 1957 John y Paul se conocieron. Extraordinaria conjunción planetaria que hizo posible semejante acontecimiento. Frente a aquel lugar hay un pequeño cementerio donde está la tumba de Eleanor Rigby.

Esta canción es del 66. Paul dijo que tomó el nombre de Eleanor Brot, la actriz de «Help!», y el apellido de las licorerías Rigby. Luego se descubrió que en el cementerio de St. Peter Church, frente al lugar donde Paul y John se conocieron, existe una tumba con el nombre de Eleanor Rigby. Paul pensó entonces que quizá la había visto y le vino a la canción inconscientemente.

Eleanor es la representante de la gente solitaria. Solitaria en el sentido más estricto y aciago del término.

De allí bajamos por Alleron y nos metemos en Menlove Avenue. En veinte minutos, si no nos paramos a comer algo donde el «portugués», llegamos al 251. Y es algo también especial, porque allí vivió John Lennon con su tía Mimí desde los cinco años. Hay que hacerse la foto apoyados en la puerta negra y blanca, como él hizo con 9 años.

Después podemos coger el autobús de vuelta. Es conveniente ir provistos de agua y tentempiés durante todo el peregrinaje. El camino es largo.

El “Bonus” de la modalidad 4 de peregrinación es la visita al Casbah Coffee Club. Hacerlo todo en el mismo día puede ser excesivo, pero desde luego es un lugar que todo fan debe visitar.

El Casbah se lo debemos a Pete Best, o más bien a su madre, Mona Best, propietaria de una casa con un sótano susceptible de ser local de ensayos y conciertos para grupos emergentes como fueron los Quarrymen, o sea, los Beatles más inmaduros.

Pete es el menos beatle de todos los Beatles. Pobrecillo, sin saberlo, antes si quiera de sospechar que iban a ser el grupo más importante, más famoso y más influyente de todos los tiempos, le dijeron «tú, fuera». Brian Epstein, el padre de los Beatles, fue la «madrastra chunga» de Pete. Lo echó para meter a Ringo.

La primera vez que fui a Liverpool, un tal Rory, que resultó ser hermano de Pete, se encargaba de recibir las visitas. Así que concertamos con él una y allí nos presentamos. El Casbah era todo un museo. Él nos lo explicaba todo, cada sala, anécdotas, curiosidades (en un descuido de Rory hice un pequeño expolio arrancando un trozo de madera de la «Rainbow room»).

Años más tarde, en el verano del 2011, en el que fue mi cuarto (y peor) viaje a Liverpool, volví al Casbah, y cuando salíamos nos dijeron «Si os esperáis un ratito vendrá Pete y lo podréis conocer».

Pete nos recibió como si fuéramos sus amigos. Nos dio la mano, nos abrazó, se fotografió con nosotros, nos preguntó por nuestra estancia en Liverpool. Nosotros nos habíamos estado cachondeando de él y su vida de panadero liverpooliano, y él nos recibió con honores. Al principio yo sentí vergüenza de mí misma. Luego me sentí orgullosa de que se hubiera dirigido a mí, personalmente. Y después consideré que un trozo de historia me había tocado y me había abrazado. Pete Best. El primer batería de los Beatles.

Sí, es cierto, ninguna de las modalidades de peregrinación nos lleva a casa de Ringo. Su casa, de hecho, estuvo a punto de ser derribada debido a unos nuevos planes de reurbanización que el Concejo Municipal de Liverpool tenía ideados para esa zona, y no la consideraban de «relevancia histórica». Al final creo que el Museo Nacional de Liverpool la iba a reconstruir «ladrillo a ladrillo» por su significado cultural, porque, sea como fuere, Ringo es un personaje importante en la historia de la música del s. XX.

Pero es que Ringo es Ringo, el cuarto. El último, vamos. Cuando pienso en él siento mucha ternura. Al fiinal, cuando todo se derrumbaba y los Beatles se consumían como grupo, Ringo fue, de los cuatro, el que peor lo pasó. Se desvanecía el sueño.

Yo viví durante doce años con un perro que se llamaba Ringo. No porque Ringo fuera mi beatle favorito, es, ciertamente, mi menos favorito, pero es el que tiene el nombre más perruno. No es ofensivo, no me gustaría que se sintiera ofendido si algún día llegara a saber que el perro de una fan se llama como él. Yo no me sentiría ofendida en su lugar. Al revés, halagada. Sería un honor llevar el nombre del mejor amigo de alguien, del ser que más amor incondicional diera a mi fan, de su amigo más verdadero y fiel. Sí, es un auténtico honor. Yo creo que, para ser mi beatle menos favorito, se llevó el honor más grande.

*     *     *

Llegamos al final del camino.

Esta historia se terminó de escribir en diciembre de 2012. Casi once años más tarde, me doy cuenta de cuántas cosas permanecen y cuántas se ven de otro modo. Imagino que dentro de otra década ocurrirá algo parecido.

Desde que escribí «No hay nadie, creo, en mi árbol» he vuelto a Liverpool en cuatro o cinco ocasiones más, he aprendido a tocar la batería, estoy aprendiendo a tocar la guitarra y no descarto aprender a tocar el bajo. Toco en un grupo, «Cosmic Junkers», y tenemos un disco. También he publicado dos cuentos y una novela.

Aunque haya muchas cosas diferentes, empezando por mí misma, hay dos cosas que siembre ha habido y seguro habrá en mi vida: música y literatura.

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