«Get back», la azotea eterna y el concierto inolvidable

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No hay nadie, creo, en mi árbol (VIII)
La primera vez que estuve en Londres fue en julio de 2008. Me habían partido el corazón. En mil pedazos. En millones en realidad, y no había forma de recomponerlo. Necesitaba felicidad y Rosa y el Mané quisieron venir conmigo a Londres.
Aquella fue la primera vez que visité Abbey Road. Se nos olvidó llevar un rotulador con el que inmortalizar nuestro paso por los muros de los estudios, creo que hicimos algo con un lápiz (¡un lápiz! ¿hay algo más patético?), y fuimos dignos con un lápiz frente a los estudios de Abbey Road y su emblemático paso de cebra…
Sin embargo, de aquella visita londinense, lo mejor que me llevé no fue mi foto en el paso de cebra. Fue, sinceramente, mi visita a Savile Row.
Y la canción de Savile Row es «Get back». Fue compuesta en el 69 por McCartney. Hace referencia, por lo visto, a la inmigración. Es una de las que formó parte del último concierto de los Beatles en la azotea del edificio de los estudios de Apple.
Savile Row es un lugar especial, no muy conocido por el visitante de la ciudad, a menos que busque un traje a medida. Sin embargo, emblemático para el beatlémano. En el 7 de Savile Row vivía Phileas Fogg y de allí salió en busca de sus 80 días de viaje alrededor el mundo, y allí llegó, 79 días después. Y el número 3 de la misma calle albergó el «Apple building», o sea, los estudios de grabación de Apple. Resumiendo: el edificio donde grabaron el «Let it be», y en cuya azotea tuvo lugar el último concierto de los Beatles en enero del 69.
Parece mentira, nada más llegar al lugar, que nada indique qué fue aquel edificio. Yo sin embargo, tengo un recuerdo especial del primer momento en el que llegué allí… La segunda vez que estuve en Londres mis intenciones eran otras: subir a la azotea. Misión imposible, por otro lado, aunque yo no lo sabía.
Iba con Glory, e íbamos las dos muy dispuestas a hacer algo más que un par de fotos en la puerta de lo que fue, hacía décadas, un lugar histórico, y hoy un portal olvidado y postergado. Preguntamos a ambos lados del número 3. Uno, el 5, era una tienda de trajes de caballero. Un muchacho alto y de color nos contestó con una extraordinaria sonrisa blanquísima que, efectivamente, el portal de al lado había albergado, en el pasado, los estudios de Apple, pero que él, desde allí, no podía hacer nada para «acercarnos» a la azotea beatle. En el número 1 lo único que había era un portero automático con unas 6 u 8 casas a las que poder consultar. Y así lo hicimos, alegando ser fans de los Beatles, y que queríamos subir a la azotea para pisar el suelo del último concierto de los Beatles. Todo el mundo, con una amabilidad propia únicamente de algunos británicos, nos dijo que no podían hacer nada.
No nos rendimos a la primera, obviamente, pero sí a la séptima o la octava, cuando, ya de noche, vimos que nuestro objetivo quedaba muy lejos de ser cumplido…
Cuando llegué a España envié yo no sé cuántos e-mails a distintos organismos, incluido al ayuntamiento de Londres y a la propia discográfica Apple, todo el mundo me contestó. Sí, esas cosas ocurren, no en España, está claro, pero al menos en Inglaterra, cuando haces una consulta a cualquier organismo éste te responde. En todos los casos me dieron indicaciones de a quién tenía que dirigirme e incluso se molestaron en explicarme la historia del edificio, que, en aquella época, estaba en desuso.
En aquel, mi segundo viaje a Londres, Glory y yo intentamos entrar en la casa de Paul McCartney. Habíamos estado en Abbey Road y paramos a tomarnos un colacaíto calentito en una cafetería. Allí no existe el «colacaíto calentito» en sí, allí lo llaman «hot chocolate», pero no es un chocolate como lo entendemos aquí, es colacao sin más, colacao o lo que ellos entiendan como colacao. Pues eso, tomando un «hot chocolate» en una cafetería cerca de Abbey Road hojeando la guía Beatles-London y descubrí que la calle donde vivía el McCartney estaba a la vuelta de la esquina, literalmente.
—Tía, que el McCartney vive aquí al lado.
—Pues vamos.
Y no tardamos más de cinco minutos en llegar. Le preguntamos a un vecino y nos confirmó que, en efecto, la casa de al lado era la de Paul McCartney. Llamamos al portero automático.
—Hola, somos unas fans de Paul McCartney —dije cuando una señora, presumiblemente su asistenta, nos contestó—. Nos gustaría conocer al Sr. McCarney.
Todo esto, por supuesto, en inglés.
—Sorry, Mr. McCartney isn’t at home.
—Tía, que no está en casa —dije a Glory.
—Pregunta que cuándo llega.
—No está en el país –nos contestó la señora.
Hubiera sido genial. Ya nos lo imaginábamos, desayunando con Paul McCartney en su propia casa… Té con pastas.
—Tía, y si llega a estar y nos llega a invitar, ¿tú qué habrías hecho? —me preguntó Glory.
—Abrazarlo.
Evidentemente nos negábamos a irnos a la primera dificultad y esperamos en la puerta una segunda oportunidad de estar más cerca de nuestro ídolo, o de algo que le perteneciera. Y en ese momento llegó un muchacho con un paquete de una floristería. Cuando se abrió el portón del jardín pudimos ver ante nosotras el caserón de McCartney y no pudimos evitar plantarnos delante, haciendo fotos y tratando de mirar, desde la distancia, si de verdad no estaba en casa. En uno de los ventanales distinguimos la figura de una mujer (la asistenta que nos respondió al telefonillo) que nos hacía señas. Nosotras la saludábamos ingenuamente. Y la pobre lo que pretendía era hacernos señas para que nos apartáramos de la puerta para que ésta pudiera cerrarse.
Nos quedamos con las ganas.
Creo que de los cuatro es el que menos simpatía me inspira, sin embargo, es el único al que he visto en persona (sin contar a Pete Best, que casi no puedo considerarlo del todo beatle).
Un día un amigo me mandó un mensaje al móvil «Viene el amigo Pablo, no el de Los Escarabajos, el de verdad. ¿Vamos a verlo?». Yo acababa de despertarme de una siesta incómoda y contesté algo así como «Paso de Los Escarabajos». Entonces me llamó.
—Tía, que Paul McCarney viene a Madrid, hay que ir.
Mi siguiente paso fue hablar con mi padre.
—Papá, Paul McCartney viene a Madrid, yo quiero ir a verlo. ¿Tú qué haces?
—Tú pagas las entradas y yo la gasolina.
Y el 30 de mayo de 2004 ahí estábamos, en segunda fila, frente al escenario. Se hizo de rogar, veinte minutos eternos de espectáculo circense completamente innecesario teniendo en cuenta que llevábamos esperándolo seis o siete horas.
Yo no sabía cómo lo iba a hacer para retener en mi memoria absolutamente cada segundo de todo aquello. Por fin. Más de treinta años esperando algo que ni siquiera pensé jamás que pudiera ser posible, ver un beatle, ver en carne y hueso un trozo de mi alma.
Cuando lo vimos aparecer, con chaqueta turquesa y camiseta roja, Höffner en ristre, mi padre y yo nos abrazamos. Yo me puse a llorar, y él me decía «Es él, es él». Y supongo que también lloraba, porque también estaba viendo un trozo de su alma.
No pude dormir aquella noche. Y en los días siguientes, cada vez que hablaba del concierto, no podía parar de llorar. Esa había sido, con diferencia, la experiencia más emocionante de mi vida.

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