Ringo, mi mejor amigo

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Yo una vez tuve un perro.

El perro más maravilloso del mundo.

Merecí su presencia,

su vida,

su amor incondicional.

Y cuando se fue

se quedó.


Unos días después de que Ringo se fuera a cultivar tréboles al cielo de los perros, pude escribirle esta carta:

«

Cuando alguien decide compartir su vida con un perro, sabe que más pronto o más tarde tendrá que despedirse de él. Creo que hay pocos gestos tan generosos como ese.

Yo fui consciente de eso muy pronto y siempre he tenido, como clavado en algún lugar en mí, como un pellizquito permanente, un miedo a que llegara ese momento. Conforme cumplías años iba echando cuentas. Ahora lo pienso y casi resulta macabro, pero no lo podía evitar. Quizá era una forma de prepararme. Sabía que enfrentarme a ello sería un trance duro y quería tener la situación «bajo control», como si ello fuera posible.

Pero sólo me movía el miedo, ¿qué podía hacer? Ahora lo veo: cuando el miedo nos puede nos volvemos absurdos. Empezamos a plantearnos mil y una posibilidades, todas terribles; nos adelantamos de forma tan desmedida a los acontecimientos que incluso lloramos…

Se lo he oído a más de uno, se ponen en lo peor, y luego no es para tanto. O se plantean toda clase de situaciones y luego ocurre justo la que no se habían planteado. Creo que eso me pasó a mí contigo.

Cuando empezaste a hacer cosas de «persona mayor» y la posibilidad de que te fueras se hacía real, dentro de mí dos fuerzas se enfrentaban: por un lado, yo estaba empeñada en que vivieras hasta los catorce años. No sé, catorce años es la edad media de un perro, no era justo que tú vivieras menos. Por otro lado, sabía que lo que tenías no tenía cura, que lo único a lo que podía aspirar era a darte la mejor vida que pudiera, llegaras o no a los catorce.

Y me venía de vez en cuando a la cabeza el momento. El temible momento. Temía no saber reaccionar, que entrara en pánico, que me quedara bloqueada, sin saber qué hacer… que me empeñara en que vivieras a toda costa y no te permitiera un final en paz. Que sufrieras y que yo no supiera atenuar tu dolor, que fuera incapaz de acortar tu padecimiento. Tener que llevarte a un veterinario y que tuvieras que morir sobre una fría mesa de metal delante de un extraño. Tenía tanto miedo de todo eso…

Pero todo ese miedo resultó al final tan absurdo y sin sentido…

Porque en la lucha entre lo que se teme y lo que se desea con amor, gana siempre el amor. Y ocurrió como yo deseé. Aquí, en casa, a mi lado, en paz, sin dolor. Con serenidad y entereza, por tu parte y por la mía.

Yo sé que había algo más ese día en casa. Supongo que están siempre, que han estado en los momentos clave de mi vida en los que he necesitado una protección especial. Y seguro que tú lo has sabido siempre. Pero en esta ocasión yo lo vi: me sentí guiada, como empujada en cada paso que daba. Y todo me llevó, nos llevó, a aquel momento mágico tuyo y mío. Siendo uno de los recuerdos más triste que guardaré en mi corazón por el resto de mi vida, es, seguro, uno de los más hermosos. De todas las cosas preciosas que me diste en doce años, reservabas tus últimos latidos para mí. Y aquí los tengo, en mi mano, para siempre.

Durante un montón de tiempo estuve frustrada porque no sabía meditar, esperaba de la meditación algo que no obtenía, o quizá sí obtenía y no reconocía. Estar en el presente, aquí, ahora… no identificarme con mis pensamientos, observarlos sin juzgarlos… Una teoría «fácil» para una práctica bastante menos fácil. Supongo que mi práctica, para mí frustrante la mayoría de las veces, me ayudó en aquellos momentos cruciales para nosotros, porque lo único que hice fue estar presente, a tu lado, viviendo esa despedida contigo. Creo que en mi vida he sido tan consciente de lo que estaba viviendo como esa noche.

Hacía como dos años o más que empecé a llevarte a un veterinario homeópata. El profesional de la medicina más comprometido que me he echado a la cara, y nunca podré agradecerle todo lo que hizo por ti y por mí. Quizá, si te hubiera llevado a ese veterinario antes habrías pasado más años más feliz, porque yo sé que tú fuiste más feliz desde que conociste a Antonio. Quizá podría haberlo hecho antes.

Siempre que me planteo cosas así pienso en Milan Kundera: sólo tenemos esta vida, no podemos hacer las cosas mejor de lo que lo hacemos; no tenemos una vida previa con la que comparar, ni una vida posterior en la que hacer mejor las cosas. Esta vida es actuación pura, la mayoría de las veces (por suerte), improvisación.

Quizá podría haber hecho mejor las cosas, pero hice todo lo que hice desde el amor profundo que sentía por ti. Y aprendí en algún momento de nuestra historia juntos, que mi amor era lo mejor que la vida había reservado para ti. Y lo más curioso de todo es que en nuestra relación la que salía ganando, y con creces, era yo. Porque corresponder al amor que te da un ser humano es más o menos fácil, el reto consiste en estar a la altura del amor de un perro. Yo sabía que era inútil aspirar a igualar tu nobleza y tu amor, hacía lo que podía en mi calidad de ser humano.

Ahora me consuela saber que ningún otro ser humano habría podido hacer más de lo que hice yo, que de todos los seres humanos del planeta tú me habrías elegido a mí siempre. Como le pasaba al Principito con su rosa: lo que la hacía importante era el tiempo que había empleado con ella. Eso fue lo que nos hizo únicos el uno para el otro, el tiempo que ambos nos dedicamos.

Durante todo nuestro idilio (como lo llamaría Kundera) también me he dado cuenta de que había desarrollado una dependencia contigo. Y supongo que también te la hice desarrollar a ti conmigo. Una vez leí un cuento en el que unos pastores temían qué sería de sus ovejas sin ellos, aunque lo más revelador era la inquietud que generaba temer qué sería de ellos sin ellas. Siempre pensé en esa historia.

Ahora veo lo que en las últimas semanas vivimos y descubro el sentido de todo. Yo creo que en las crisis y las malas noches que pasamos, cuando te costaba respirar y yo me asustaba tanto, de algún modo muy sutil, sin que yo lo percibiera, se instalaba en mí la idea de que se acercaba el final. Hay cosas que aprendemos aunque no nos demos cuenta de ello y yo estaba aprendiendo una lección.

Hicimos excursiones a las alturas, ¿recuerdas? Nos subimos a la montaña y desde allí veíamos el mar. Y plantábamos flores en lugares insospechados.

Yo creo que tú ya lo sabías. Quizá no tan pronto, pero cuando el momento se acercaba tú ya lo intuías. He oído historias sobrecogedoras de perros que saben que les llega su final, incluso de perros que durante días cavaron el hoyo donde fueron a morir. Vosotros tenéis un conocimiento tan puro de la vida y de la muerte que los seres humanos somos meras amebas a vuestro lado. Ese último jueves que pasamos juntos y que yo veía que no te recuperabas por mucho que te diera y mucho que yo hiciera, quizá tú ya sabías que era el final. Nosotros, los humanos, le tenemos miedo a la muerte en general; pero vosotros sois sabios, sabéis que la muerte forma parte de la vida, que es algo natural que no hay que temer.

Te llevamos a la montaña, no sabíamos dónde iba a ser, sólo seguíamos una especie de intuición o de voz que nos indicaba por dónde ir. Y debajo de una mimosa encontramos el lugar. Las mismas manos que te pusieron en mi regazo doce años antes fueron las que te pusieron en tu camita de tierra.

Sembramos sobre tu cuerpo margaritas y descubrimos allí arriba, rodeados de flores y verdor, que era un lugar mágico. Mágico para ti.

Lo que tú has hecho de mí no habría sido capaz de hacerlo ningún ser humano, ni habría podido hacerlo yo sola.

Te echaré de menos siempre, aunque pase el tiempo y se me quite esta tristeza, aunque salga y entre; y viaje, y ría, y sea muy feliz. Siempre tendré la certeza de que contigo a mi lado la vida era mejor.

Gracias, Ringo. Jamás te olvidaré.

»

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3 comentarios sobre «Ringo, mi mejor amigo»

  1. Nunca te lo e dicho, pero siempre leo todas tus publicaciones .. Todas ellas muy interesantes.. Diferentes… Pero sin duda alguna esta última la mejor.
    Amor en estado puro, eterno y para toda la vida.
    Nosotros también echamos mucho de menos a nuestra perra Kika pero al mismo tiempo felices de haber vivido con ella.
    Cada renglón que e ido leyendo se me estremecía el alma recordando los últimos días que vivimos con ella… Pero sé que se fue en paz.

  2. Yo, tuve la fortuna de disfrutar del cariño de Ringo ( mi primer nieto, mi nieto peludo) como yo siempre dije, mi yiyito…durante mi ya larguita vida he conocido y hemos tenido algunos perros en la familia, de paso también diré que yo nunca he sido muy de mascotas, pero con Ringo fué diferente, tengo mucho qué agradecerle y eso solo lo sabemos él y yo…..

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