Diente de león o los viajes en el tiempo

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Hoy te cuento que no sé dónde (pero sí sé que hace tiempo ya y lo más seguro es que la ciencia tenga más información al respecto) leí que el área del cerebro que gestiona los recuerdos y las emociones es la misma que gestiona lo que olemos. De modo que el olfato y la memoria están profunda y neurológicamente relacionados. Eso lo sabe todo el mundo. Además, la literatura está plagada de referencias:

«Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados»

El amor en los tiempos del cólera – Gabriel Gª Márquez.

En el personaje de Jean Baptiste Grenouille (El perfume – Patrick Süskind) se aúnan olfato y memoria de tal manera que recordaba acontecimientos de su vida rememorando aromas.

Y, aunque Charles Swann lo que hizo no fue oler sino saborear un pedazo de magdalena, la consecuencia fue la misma: el recuerdo. Incluso a este fenómeno se le denomina «efecto proustiano» o «magdalena de Proust».

«Me llevé a los labios unas cucharadas de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las miga del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior».

En busca del tiempo perdido – Marcel Proust

Yo tuve un perfume que solo me puse dos o tres veces en mi vida. Era un poco raro, era fragancia de raíz de angélica. Nunca más he vuelto a oler algo así. Esas pocas ocasiones en que me lo puse estaban vinculadas con un sentimiento de amor muy confuso, intenso y oscuro. De tal manera que, tiempo después, cuando olía aquel perfume, de forma instantánea me ponía a llorar, con una pena y una angustia que jamás he vuelto a sentir. Era ipso facto. Nunca nada había tenido un efecto tan inmediato como la raíz de angélica. 

Podría haber tirado el perfume, desde luego no me aportaba nada bueno. Sin embargo, lo conservé. Lo utilicé como un modo de evaluar en qué medida, me estaba librando de aquel sentimiento tan dañino o seguía atrapada en él. Hasta que un día, no sin sorpresa, abrí el bote, olí su contenido y no pasó nada. 

No se me revolvieron las vísceras.

No se me erizó la nuca.

No se me ahogó el corazón.

No me quedé sin aire. 

No rompí a llorar. 

No pasó nada. 

Tampoco había olvidado, pero había salido del agujero.

El otro día estuve en el campo y vi unas florecillas amarillas que resultaron ser achicoria (diente de león). Me llamaron la atención y no entendí muy bien por qué, porque parecían bastante corrientes: sencillas florecillas silvestres. Como el jaramago, las margaritas o las amapolas… A lo mejor fue por eso.

Entonces cogí una y la olí. Primero levemente, pero luego tuve el afán de olerla con mayor intensidad. Cerré los ojos y después me explotó la memoria. Yo no sé adónde o a cuándo me llevó aquel aroma, pero me vinieron ganas de llorar. Y no como con la raíz de angélica, con angustia y dolor, sino con cariño y nostalgia.

Tampoco me vinieron recuerdos concretos de ninguna experiencia ni de otras personas. 

Aquel viaje en el tiempo fue como abrir una puerta y entrar en una parte de mí. Dentro y muy lejos. 

Pero un lugar donde no se está mal. Así que he decidido que quiero cultivar dientes de león, de la misma manera que colecciono gomas de borrar Milan.

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