El tiempo para escribir

Comparte

Con motivo de mi cumpleaños, el año que publiqué mi primer libro, en 2018, mis compañeros (y amigos) de departamento en el instituto, me regalaron un libro que recogía las manías, rituales, costumbres (extravagancias en algunos casos) y rutinas que tenían algunos de los grandes escritores: escribir al amanecer, en la noche, hacerlo durante siete horas seguidas, salir a pasear o a correr antes, escribir en habitaciones de hotel, con una indumentaria estrafalaria o completamente desnudos… Pero lo de los horarios a mí siempre fue lo que más me llamó la atención.

Es verdad que hay que establecer un tiempo regular para escribir. Mejor si siempre es el mismo horario. Yo qué sé: lunes y miércoles de cuatro a seis, por ejemplo. O sábados de diez a una. Y respetarlo lo máximo posible.

Reconozco que, durante años, yo no he sido regular. Escribía cuando me parecía. Era muy caótica. Además, sólo escribía si tenía «algo que escribir», es decir, si estaba con algún relato entre manos o algún cuento.

Pero, desde hace unos meses, he descubierto cuál es mi momento para escribir. Y, lo más importante, que ese momento no tiene que estar supeditado a tener o no tener algo que escribir. No tengo que esperar a tener algo que escribir para tener un tiempo para escribir. Sino todo lo contrario: cuando creo el tiempo para escribir, surge el qué escribir.

El verano pasado escribí un cuento precioso: Sol y la estrella de Abú. Ese cuento es magia lo mires por donde lo mires. Por sus protagonistas, por la historia real que se esconde tras la fantasía, por el viaje que hice yo al escribirlo. Y porque me regaló algo que me ha transformado como escritora. Mi horario de escritura.

Sol y la estrella de Abú lo creé durante el mes de agosto, en mitad de mis vacaciones, es decir, que tenía largas horas por delante cada día y podía escribir cuando me diera la gana. Pero descubrí que el momento en que todo fluía eran las horas previas al amanecer. Me levantaba antes de las cinco y hasta las siete y media escribía sin parar. Después, salía el sol y yo dejaba de escribir. Hasta el día siguiente.

Cuando estaba en la facultad me encantaba estudiar de madrugada. La época de exámenes era café, apuntes y noche. Ahora, treinta años después, me levanto a la hora a la que me acostaba entonces, aunque el café, los apuntes y la noche siguen acompañándome.

Suscríbete A mi BLOG

Y te regalo mi relato «El mirlo»

¡No hacemos spam! Más información en nuestra política de privacidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *