«Misery», la Yuli y el mensaje en la botella

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No hay nadie, creo, en mi árbol (IV)

«Misery» significa miseria, desgracia. Y sí, me gusta mucho más que «Yesterday». La letra habla de la desgracia de haber perdido a la chica y estar solo, es decir, un poco lo mismo que «Yesterday». Pero esta canción da buen rollo, además, se nota el toque Lennon.

Las canciones no son sólo la melodía y lo que dice la letra, provocan emociones por lo vivido cuando se escucharon en determinado momento. Por eso esta canción, aunque diga lo que dice, para mí está vinculada inevitablemente con el Canito y la Yuli, cuando íbamos mi padre y yo a verla estando ya enferma.

Me recuerdo en el asiento trasero del coche, el Canito, un 600 azul marino, a un lado mi hermano y al otro yo, y en medio la Yuli. Tendríamos unos 7 u 8 años. Yuli era nuestra perrita, nos la acababan de regalar. Era un pastor alemán, emparentada con lobos.

Días antes de que nos la dieran ya habíamos pensado en su nombre. Por aquella época echaban en la tele «Vacaciones en el mar», y la sobrecargo, la única chica del grupo de personajes fijos, se llamaba Yuli (escrito Julie), así que por ella nuestra perra se llamó así.

Era una perra muy lista y muy cariñosa. Yo no sabía que se le pudiera coger tanto cariño a un perro. No era que nunca antes hubiera tenido perro, era que en aquellos momentos estaba siendo consciente de ello.

Ciertamente, siendo muy pequeña ya tuvimos perros. Antes de nacer mi hermano vivíamos en Mahón, en un predio. Yo tendría un año o así, era cuando empezaba a andar. En Rafal Rubí, que así era como se llamaba el lugar, mi abuelo era el payés, y allí se encargaba de las vacas, los conejos, las gallinas, las ovejas… en fin, las cosas de los payeses. A mi padre le dieron un dálmata, y lo llamó Tar. Siempre estaba conmigo, hay muchas fotos en las que estamos juntos. No consentía que mi padre me regañara, le gruñía si lo hacía… tenía una relación muy especial conmigo, hasta el punto de salvarme la vida. Lástima que fue lo último bueno que hizo por mí.

En algún momento un día mis padres me perdieron de vista. Como digo, estaba empezando a andar, y debí de irme «de excursión». Cuando se dieron cuenta de mi ausencia se volvieron locos buscándome. Una buena señal era que el perro no andaba por allí, lo cual indicaba que estaría conmigo, como siempre. Entonces, en lugar de llamarme a mí, empezaron a llamar al perro, que al poco tiempo apareció desesperado, corriendo de un lado a otro, ladrando y saltando a su alrededor, tratando de llamar su atención para que lo siguieran. Y los llevó hasta la vaquería, un establo cubierto, donde, en fila, las vacas descansaban durante la noche. Allí estaba yo, sentada entre las vacas y sus cacas, llorando, con las marcas de la patas de Tar en el pecho, que me había hecho caer para evitar que siguiera metiéndome entre las vacas y que el peligro fuera mayor.

Aquello fue, como digo, su última buena acción conmigo, pues por lo visto cogí miedo, me ponía nerviosa con el perro cerca y lloraba, así que tuvieron que regalarlo.

Yo tenía un año, algo más quizá. No tenía ni idea del vínculo que ese perro había creado conmigo, no pude entenderlo hasta muchos años después, cuando, al tener yo mi propio perro, comprobé de forma consciente hasta qué punto se crea una conexión tan especial entre dos seres tan dispares por fuera y, sin embargo, tan semejantes en el alma. Pienso que Tar no debió de comprender nada cuando de un día para otro lo llevaron a otra casa, donde seguramente fue muy feliz, pero sin mí. Y aquello fue injusto y triste.

Ahora, más grande y con la Yuli en casa, empezaba a saber qué era tener un perro, lo que implicaba de responsabilidad y la recompensa del cariño que recibíamos de ella. Sin embargo, aquello duró muy poco. Llegó el verano y las vacaciones. Menorca.

No podíamos llevarnos a la Yuli a Menorca, ni, desde luego, abandonarla; así que la llevamos al campo de un conocido de mi padre, que tenía allí otros animales y más perros. Pero cuando volvimos de nuestras vacaciones la Yuli estaba muy delgada y enferma, tenía moquillo. De momento nos dijeron que no era conveniente llevarla a casa, así que cada día, mi padre y yo íbamos a verla.

Aquella era la época para mí del «Please, please me». El Canito era un coche musical como lo era mi casa y mi vida, y siempre que escucho «Misery» o «Anna» me traslado a aquel coche menudo y extraordinario capaz de llevarnos de Barcelona a Madrid pasando por Sevilla sin despeinarse.

Un día pudimos llevarnos a la Yuli a casa, pero semanalmente teníamos que llevarla al veterinario para que le pusiera una inyección. Era cada miércoles. Siempre íbamos mi padre y yo.

Una de las veces el veterinario le dijo algo a mi padre y este me dijo que en esa ocasión me quedara en el coche, que él saldría enseguida. Tardó algo más de lo normal en salir, y sin la Yuli. Lo vi acercarse al coche llorando.

—Papá, ¿y la Yuli?

Pero no podía hablar. Sólo llorar.

Entendí que no la volvería a ver y también lloré. Durante todo el camino a casa no hablamos nada, sólo lloramos. En casa volvió a repetirse la escena cuando nos vieron llegar sin la perra.

—¿Y la Yuli?

Mi padre nos explicó que el veterinario le había dicho que era inútil seguir medicando a la perra porque no tenía salvación y que era mejor sacrificarla. Se durmió, sin más.

No tenía ni un año. Aquel fue uno de los días más triste de mi corta vida.

* * *

Los veranos en Menorca eran lo mejor del año. Muy pequeños, con unos 7 u 8 años, ya se atrevieron mis padres a dejarnos subir sólo con la compañía de una azafata en un avión destino Mahón. Allí nos recibían nuestros abuelos y estábamos con ellos hasta que llegaban nuestros padres, dos o tres semanas después. Luego nos íbamos a «S’estància», que era una pequeña casa de campo de la familia de mi abuelo, a las afueras de Alaior. Allí había cochinos, gallinas, conejos, perros y una higuera enorme. Lo que no había era luz eléctrica.

Mi padre y mi abuelo montaron una instalación de luz de gas. Nada de televisión. Sólo un radiocassette que consumía pilas y pilas con los Beatles.

La casa era pequeña pero acogedora, estaba encalada por dentro y por fuera, tenía un porche formado por una enorme parra a la entrada. Las habitaciones, tres, no tenían puertas, unas cortinas eran suficientes. Era muy fresquita. El comedor era bastante grande, mi abuela tenía anaqueles con platos que tenían dibujos de caza y de fruta. Yo siempre los observaba y me preguntaba para qué servía un plato en una estantería o colgado en la pared.

Para ir al baño había que salir a la calle, pues estaba fuera de la casa, lo cual por la noche implicaba: uno, que había que ir con linterna; dos, que podías encontrarte algún bicho nocturno, por tanto, la mayoría de nosotros optábamos, si no había más remedio, por el orinal.

La higuera. Esa era mi mejor amiga en verano. Era poderosa, tenía un tronco fuerte y unas ramas que abrazaban si te acercabas. Una de sus ramas sirvió a mi abuelo para colgarnos un columpio. Nuestro segundo mejor amigo. Pasábamos horas y horas volando entre higo e higo. El olor de la higuera es el olor de los veranos de mi infancia…

Como digo, allí no había tele, sólo música. Por la noche, cuando encendían las lámparas de gas, apagábamos la música y los grillos entonaban su canción nocturna y veraniega. Era entonces cuando los mayores hablaban, mi padre contaba cosas de cuando era pequeño o de la mili, mi abuelo sus aventuras, y mi abuela sus anécdotas. No recuerdo mejores noches de verano que aquellas.

La historia que más nos gustaba que nos contara el abuelo era la del mensaje en la botella.

A principios de la década de los 50, recién casados, él y mi abuela eran los payeses de «S’hort d’es Lleó», que es un predio que hay en Addaia, a la orilla de una pequeña bahía al noreste de Menorca. Estaba al cuidado de las vacas en el pasto que hay a los pies de la finca, cuando se acercó a la orilla atraído por algo que brillaba. Era una botella, y dentro había algo similar a un papel. Parecía una botella de champán y el tapón estaba cubierto con argamasa o algo semejante, de tal manera que el agua no penetrara.

Cuando pudo abrirla, encontró un trozo de cartón reblandecido (que luego supo que era la tapadera de una caja de zapatos) en el que había algo escrito. Resultó que un grupo de amigos que regresaban de Portugal a Venezuela en el navío «Auriga», celebrando a bordo la despedida de uno de ellos, decidieron lanzar un mensaje con la confianza de que llegaría a alguna orilla. Eran las tres de la madrugada del día 21 de agosto de 1952, a pocas horas de haber zarpado del puerto de Funchall (Madeira).

Pablo Mejías Medina, trabajador, no sé si periodista, del diario El Universal de Caracas, junto con los amigos que le acompañaban y que también firmaron, solicitaba: «Quien encuentre este manuscrito lo puede enviar al diario El Universal – Caracas – Venezuela».

Durante diez meses navegó por el Atlántico, cruzó el Estrecho de Gibraltar y medio Mediterráneo, rodeó las Baleares y toda Menorca para entrar en Addaia, con mucho cuidado de no romperse al golpearse con las rocas, y quedarse ahí, a los pies de «S’hort d’es Lleó», esperando que mi abuelo la descubriera.

Con ayuda del tío Juan (el cuñado de mi abuela), que tenía estudios y se defendía mejor a la hora de escribir, redactaron una carta que enviaron, junto con el mensaje de la botella, a El Universal. Y transcurridas unas semanas recibieron una carta en la que Pablo Mejías manifestaba su asombro por tan insólito acontecimiento, y el recorte del periódico donde se dio reseña de él.

Al abuelo le gustaba mucho contar esta anécdota, le llamaba mucho la atención el periplo que tuvo que hacer la botella, sin romperse, hasta llegar allí, un lugar recóndito y abrupto en el que fácilmente el mensaje habría desaparecido en el fondo del mar.

En realidad fue la botella la que encontró a mi abuelo, y no al revés.

El cielo era profundo en aquellas noches, se veían todas las estrellas de la galaxia.

—¿Por qué no se ve el final? —trataba de dilucidar yo con una linterna encendida hacia el cielo.

—Porque no hay final. El cielo es infinito.

– …

Y aquella noche tardé en conciliar el sueño pensando en las cosas infinitas.

En ese lugar he visto y he vivido también cosas desagradables. Por ejemplo, ante mis ojos he visto matar un cochino, una gallina y un conejo. Cada uno tiene su propio sistema de muerte; el del cochino resulta el más cruel, el de la gallina el más sanguinario aunque la muerte es más rápida. Y desde luego el mejor es el del conejo.

Una vez alguien nos dijo que los rabos de conejo eran amuletos y daban buena suerte. Sabiendo que nuestro abuelo tenía conejos, supusimos que tendríamos opciones de tener uno. Lo echamos a suertes y el rabo del primer conejo que se matara sería para mi hermano.

Una noche mi abuelo dijo:

—Esta noche lo matamos, ¿para quién es el rabo?

—¡Para mí! —se apresuró mi hermano.

Fuimos a elegir uno a las jaulas, donde también había crías, que parecían muñequitos de peluche encerrados en un calabozo. Mi abuelo lo llevaba agarrado de las orejas mientras el pobre se retorcía tratando de zafarse. Entonces, cuando llegamos a la casa, le dio la vuelta, lo agarró de las patas traseras y le pegó un palo en la cabeza, sólo tembló un poco, luego murió.

Me fui de allí, había visto bastante. Ya no quise mi rabo de conejo.

Omitiré lo del cochino y la gallina, pero también fueron episodios que quedaron grabados en mi mente. Para alguien que ama los animales, vivir en aquel lugar era lo mejor y a veces lo peor también.

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