«In my life» y la profesora de música.

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No hay nadie, creo, en mi árbol (V)

Esta es una canción deliciosa.

En principio la letra iba a ser una canción de nostalgia liverpooliana, pero no terminó de convencer a Lennon y acabó siendo de nostalgia amistosa y amorosa, dedicada a un afortunado «you» amado por él más que a nadie.

Yo también he pensado en mis amigos y en mis amantes cuando he escuchado esta canción, pero lo cierto es que no hay un «you» particular. Creo que en cada época de mi vida ha podido ser alguien distinto. Pero en el fondo estoy segura de que ese «you» soy yo misma, la que fui en aquel pasado que queda atrás.

No creo en las cosas definitivas, sólo en una, la única. Todo lo demás es cambiante, inestable, temporal, como el ser humano. Nadie se queda ni se va del todo.


Con 9 años, una tarde mi padre nos llevó a una academia de música. Estaba en la calle Victoria de Alcalá. Se llamaba “ «Alcalá Musical». Parecía que entrabas sólo en una tienda de instrumentos musicales. Era impresionante, nunca había visto nada igual: acordeones, guitarras, pianos, violines, órganos… libros de partituras y otros accesorios que no tenía ni idea de para qué podrían servir… Me perdía entre tanta música dormida esperando ser despertada. Parecía sólo una tienda. Pero a mano izquierda había una escalera que bajaba a la academia. Allí había varias aulas: una de acordeón, otra para solfeo y la más grande era la de los órganos electrónicos.

Cuando conocí a Loli, mi primera maestra de música, pensé que era la mujer más dulce del mundo. Su mirada y su sonrisa me abrazaban y me daban la mano en aquella aula con gente desconocida que sabía tocar el teclado y yo ni siquiera sabía qué significaba que hubiera teclas de dos colores. En la sala había siete u ocho órganos de doble teclado y pedalera, cada uno con sus auriculares. Desde un órgano central, Loli conectaba con cada uno de nosotros, escuchaba lo que tocábamos y nos daba indicaciones de qué teníamos que corregir. A mí aquello me parecía muy, muy moderno.

La primera canción que aprendí fue «When the saints go marching in» que, curiosamente, los Beatles habían versionado con Tony Sheridan en el 60.

Al poco tiempo empecé también a estudiar solfeo, pues era necesario para poder ir avanzando con el órgano. El solfeo lo enseñaba ella también, pero pronto tuvo que venir otra maestra porque no daba abasto. Llegó Rocío, que era guapísima. El solfeo era un poco aburrido, la teoría musical me parecía ininteligible con aquel libro completamente antipedagógico de un tal Joaquín Zamaclos. Luego nos los cambiaron por otros de la «Sociedad didáctico-musical», y todo se volvió claro y cristalino, pero seguía siendo tedioso. Cuando se acercaba la época de exámenes, Loli habló incluso con mis padres para advertirles de que iba muy floja y tenía que pegarle un gran empujón si no quería suspender. Empecé incluso a plantearme si me merecía la pena agobiarme tanto con el maldito solfeo, porque, ciertamente no me gustaba nada estudiar eso, y se lo dije a mi padre.

—Papá, a mí me gusta el órgano, pero el solfeo no, yo no quiero seguir con el solfeo.

—Ni hablar, tú sigues con el solfeo y con el órgano.

No hubo más que hablar. Y me metí en mi cuarto a estudiar solfeo. Pasaba horas solfeando, y lo curioso es que me daba cuenta de que cuanto más estudiaba, mejor estudiaba.

El día del examen fue realmente un auténtico mal trago, tuve que tomar tila y todo porque no nos examinaban nuestras maestras de la academia, sino un catedrático de Madrid. La palabra «catedrático» y que viniera de Madrid le daba a aquello una dimensión que implicaba mucha responsabilidad por mi parte. Yo, que de natural ya era insegura, sabiendo lo que había hablado Loli con mis padres acerca de mi escaso estudio y encima con este señor que venía expresamente para escucharme solfear, lo pasé fatal…. Qué duro fue aquello… Salí de allí convencida de que todo había sido un desastre y tendría que repetir y volver a pasar por lo mismo.

Pero el día que nos dieron las notas Loli se sentó a mi lado y me dio un pequeño boletín donde ponía «Notable». Fue la primera vez en mi vida que se me saltaron las lágrimas de emoción.

—Te mataría –me dijo mientras me abrazaba cariñosamente. Y yo también la abracé, feliz de no haberla defraudado, a ella ni a mis padres.

Supe entonces que tenía que seguir, el solfeo era el camino escabroso para llegar al piano, que era la meta.

A los meses de haber empezado en la academia, no llegaba al año, ya empezaron a pensar que sería conveniente que tuviera mi propio órgano para ensayar en casa, pues las piezas empezarían a ser largas y practicar en una mesa no era muy apropiado. Así que mis padres le preguntaron a Loli. Y ella nos habló de un chico, Jorge, algo mayor que yo, que era casi un virtuoso del teclado. Tenía un Farfisa Palermo prácticamente nuevo y su padre estaba pensando en cambiarlo por otro mejor.

A mi padre le había tocado una quiniela de 14. Pero no éramos ricos. Hubiéramos sido ricos si nos hubiera tocado la quiniela de la semana anterior, o de la siguiente, pero nos tocó la quiniela que le tocó a media España, por lo visto, y en vez de millones de pesetas, nos tocaron miles, que no estaba mal, pero la jugada del destino fue un poco ruin. En fin, que con esos miles mi padre pudo comprarme el Farfisa, que era, desde luego, un instrumento muy bueno y salió verdaderamente barato. Recuerdo el día que fuimos a verlo a casa del tal Jorge. Íbamos a irnos al pueblo, a Guadalcanal, a pasar la Semana Santa, pero antes de coger carretera recogimos a Loli para que nos acompañara a casa de esta familia. La casa era espectacular, enorme, llena de adornos grandes y exóticos.

El padre de Jorge tenía un trabajo que le hacía viajar mucho por todo el mundo y ganar una pasta considerable, de ahí la «necesidad» de cambiar de órgano. Y como no les hacía falta el dinero, el precio fue más que aceptable. Ganábamos todos.

También recuerdo el día en que tenían que traérmelo a casa. Me pasé toda la tarde en la calle, esperando el camión de mudanzas. Y cuando lo vi llegar fue como una aparición divina, mi corazón empezó a golpearme el pecho, me puse como loca, estaba muy nerviosa… Por fin lo tenía en casa.

A partir de aquel día ensayaba todos los días al menos una hora. Cuando llegaba a casa del cole me sentaba y tocaba hasta la hora de comer. Cuando me estaba aprendiendo alguna canción me ponía unos cascos y no molestaba en exceso con mis fallos y mis interrupciones; y cuando me la sabía bien, quitaba los cascos y deleitaba a mi madre en la cocina y los vecinos en el bloque.

Para aquellas navidades Loli organizó un concurso entre los alumnos de las dos academias que tenía, la de Alcalá y otra que tenía en Torrejón. Era un concurso de villancicos. A mí me tocó «Alegría, alegría», que era un villancico que no me decía nada especial pero que al final formó parte de mí. Para el día del concurso mi madre me confeccionó una ropa especial, era una camisa blanca y una falda verde, a la camisa le pusimos una especie de pajarita de la misma tela que la falda.

Cuando me puse a tocar no recuerdo estar excesivamente nerviosa. Tampoco era la primera vez que tocaba en público, ya lo había hecho (tocando «When the saints go marching in») en exhibiciones en Torrejón y Villalbilla, donde me dieron mi primera medalla. En aquella ocasión, la del concurso de villancicos, estaba toda mi familia, y toda la familia de todos mis compañeros. Y los jueces que debían valorar quiénes recibían los premios. Cuando me levanté después de tocar pensé que si no era la primera, era la segunda, me salió perfecto. Pero cuando bajaba del escenario, el padre de Loli, Hilario, que era el dueño de la tienda de instrumentos que había en la academia, me hizo una señal y me dijo algo, entonces supe que había tenido un fallo, no sabía dónde, pero no sería la primera, eso seguro.

Cuando repartieron las copas empezaron por los últimos. Toda mi familia confiaba en que yo sería la última en ser llamada, pero ya les dije yo que no, que me llamarían antes. Y, efectivamente, me llamaron para entregarme el tercer premio. Bueno, un tercer puesto no está mal. Ahí había mucha gente tocando, ser la tercera es una muy digna posición. Además, la copa originalmente iba a ser para el segundo puesto, habían puesto un tres sobre el dos, y la del que se llevó el segundo era ridícula de pequeña. En fin, que iba yo muy contenta con mi copa.

Loli se quedó embarazada, iba a tener una niña, y se iba a llamar Gracia Patricia. Faltando pocas semanas para el parto tuvo un problema neurológico y tuvo que ser ingresada. Creo que decían que había sido por una infección en una muela… aquello me pareció rocambolesco, pero lo creí. El caso es que tuvieron que operarla del cerebro. Quedó en coma.

Como estaba muy cercano el día del parto, le hicieron una cesárea y nació la niña. Se despertó y pudo conocer a su hija. Pero volvió a caer en coma.

Eran unos días muy tristes. La academia había interrumpido las clases, pero todos los días había gente en la tienda para preguntar por Loli. Una tarde de las que fuimos mi madre y yo, allí estaban algunos de mis compañeros. Hilario nos dijo que estaba esperando que lo llamaran. Y en ese momento sonó el teléfono.

Todos callamos.

Contestó precipitadamente y luego su cara se transformó. Colgó y recogió su rostro entre sus brazos sobre el mostrador de la tienda y se puso a llorar sin consuelo. Todos lloramos. Nadie hablaba, sólo se oían sollozos en aquel lugar donde tantas veces había sonado la alegre música del acordeón de Hilario. Ya nunca más sería feliz la música en «Alcalá Musical».

Loli sólo tenía 25 años.

Después de aquello yo pensé que mi relación con la música se había terminado, al menos en el sentido que había adquirido en aquel par de años.

Pero un día mi padre me llevó al Liceo Musical Cisneros. Era un lugar que casi nada tenía que ver con la academia. Allí había muchos profesores y muchos alumnos, se veía gente entrar y salir cargados con fundas de violines, chelos, clarinetes… Había incluso una recepción. Me apuntaron a «Preparatorio» de piano. Ese curso lo aprobé con sobresaliente pero tuve que corregir algunas posturas con los dedos que había adquirido con el órgano. En solfeo entré en 3º. Mi profesora de piano no me caía muy mal, pero no era nada del otro mundo. A veces me dejaban estudiar en algún aula que no se estuviera usando porque el órgano no me servía para practicar las piezas de piano, por cuestiones de longitud y también porque la pulsación es distinta.

Cuando entré en mi primera clase de solfeo en aquel sitio me vine abajo. Yo estaba acostumbrada a tener cuatro o cinco compañeros en la academia, y allí había al menos quince o veinte alumnos, casi todos mayores que yo, y había un profesor con una melena blanca frente a un piano. Creo que se llamaba Carmelo. Todos entonábamos al mismo tiempo, no podíamos saber si lo hacíamos bien o mal, y casi mejor, porque entonar en solitario delante de tantos desconocidos no era precisamente lo que más me apetecía… En ese planteamiento estaba cuando el músico loco del pelo blanco se dirigió a mí:

—Usted, señorita… sí, sí, usted, entone, así la conoceré.

Yo debí de ponerme verde o amarilla. Pero como estaba en primera fila y lo único que podían ver mis compañeros era mi cogote pensé que no era lo peor que podía pasarme. Cuando empecé a entonar y vi que aquello subía y subía y no tenía visos de bajar, pensé que eso sí era lo peor que podía pasarme. Llegué dignamente hasta un mí en segunda octava. Ahí ya estaba roja.

Ese fue nuestro último año en Alcalá, se avecinaba un cambio trascendental en la familia. Nos íbamos a vivir a Menorca. Era 1988.

En Ciudadela entré en una academia. La regentaba una muchacha, Andrea. Ella era la profesora de solfeo, piano y canto coral. También daba violín. Entré en 1º de piano y 4º de solfeo. También me apunté a 1º de canto coral, y eso fue lo que más me gustó. Éramos un grupo de cinco o seis alumnos, nos colocábamos por voces. Yo era soprano, cada uno aprendía su melodía, y luego la cantábamos juntos: sopranos, contraltos, tenores y bajos.

Era genial.

Pero no tuve mucho éxito con la música en Menorca. Cuando nos fuimos a Sevilla en el año 1991 sólo me pude llevar aprobado el 1º de piano y el 1º de coral, aunque he de decir que el 4º de solfeo no lo aprobé únicamente por el dictado (jodidos dictados musicales…). Y el piano lo tocaba muy poco, sólo podía ensayar algunos días de nueve a diez de la noche, cuando Andrea terminaba las clases y me dejaba el aula. O en el escaparate de la tienda cuando cerraban, pero ahí no me gustaba practicar. En fin, eso, que cuando llegué a Sevilla mis opciones se reducían al conservatorio. Y lo dejé.

Ahora toco la batería y la guitarra. Estoy en un grupo y sigo vinculada de un modo muy especial con la música porque, como la literatura, es lo que me mantiene cuerda (o loca).

Me alegro de todos los esfuerzos que hice, de que me obligaran a seguir con el solfeo, de haber seguido intentándolo después de la muerte de Loli, aunque sólo fuera porque las primeras manos que pusieron las mías en un teclado fueron las suyas. Nunca la olvidaré.

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2 comentarios sobre ««In my life» y la profesora de música.»

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