«I saw her standing there» suena a inicio.

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No hay nadie, creo, en mi árbol (III)

En el año 61 Paul empezó a salir con Iris, la hermana de Rory Storm, líder de la banda en la que tocaba Ringo antes de ser un beatle. Ella tenía diecisiete años. Al poco tiempo, Paul se planteó componerle una canción, y en ella habla de cómo se enamora de la chica bailando en un bar.

Esta canción es la primera del «Please, please me», del 63. Es decir, es la primera canción del primer disco puramente beatle. Cada vez que la escucho tengo la sensación de que algo empieza, de que algo bueno empieza. Por eso me gusta escucharla de vez en cuando, cuando creo que estoy estancada, cuando no avanzo. Es como un empujón. Suena a inicio. A reinicio.

*          *          *

En mi casa siempre se escuchaba música. No tuvimos un equipo de música en condiciones hasta el año 1984 por lo menos. Hasta entonces mi padre se las ingeniaba para adaptar radiocasetes de coche en un estante de la mesa de la tele. También en estructuras vacías de radiocasetes corrientes.  Ese fue mi primer radiocasete. Al principio, cuando alguien entraba en mi habitación y veía aquel aparato en el poyete de la cama flipaba.

– ¡Hala, vaya «loro»!

Yo pensaba que se decepcionaría al ver que todo era fachada, porque en realidad por dentro estaba hueco, a excepción del radiocasete de coche que había encajado. Y cuando descubrían lo que era, la sorpresa era mayor y mayor la admiración, porque eso sí que era original.

Cuando mi padre me preparó mi primer radiocasete yo tendría unos 7 años, a lo sumo 8. Tenía un montón de cintas, y todas de los Beatles. Supongo que sabía que existía algo más, pero no concebí, hasta bastantes años más tarde, que pudiera interesarme otra música que no fueran los Beatles.

Hasta el día en que mi padre construyó un estante donde poner todas sus cintas, las guardaba en un cajón del mueble del comedor. Yo fui sacando las de los Beatles y terminaron todas en mi habitación. No eran cintas originales, eran grabadas, mi padre conseguía que alguien se las grabara y luego buscaba en alguna revista alguna foto de los Beatles y se la ponía a la caja, para identificarla. Daba igual el disco que hubiera grabado, la foto no era ninguna portada, únicamente ellos; también había alguna de John Lennon en solitario.

Había una que me encantaba, debía de ser la de la cinta donde estaba grabado el «Please, please me», o el «Beatles for sale», algo temprano, que era lo que más me gustaba cuando era más pequeña. Era una foto en blanco y negro y estaban los cuatro. Yo no paraba de mirar a John Lennon y pensaba de él que era muy guapo, que quería ser su novia, que quería conocerlo. Lo miraba y sonreía. Durante mucho tiempo, años más tarde, pensé que con 8 años me había enamorado de John Lennon.

Pues un día cogí un boli y pinté un corazón al lado de su cara. Lo hice porque estimé que la cinta llevaba en mi habitación el tiempo suficiente como para considerarla de mi propiedad. Sin embargo, debió de ser al día siguiente porque me pareció muy pronto, mi padre me enseñó la cinta, señaló el corazón muy serio y me dijo:

—¿Esto quién lo ha pintado?

—No sé —me atreví a decir, sabiendo que iba a ser inútil negar la evidencia.

—¿Entonces lo he pintado yo? —contestó indignado.

Me escabullí de allí pensando lo ridículo que habría sido que hubiera sido él el que pintara el corazón.

En algún momento mi padre puso un póster de los Beatles en la cabecera de mi cama. Era un póster en blanco y negro, ellos tenían pasados sus brazos sobre los hombros del de al lado, Paul miraba hacia su derecha y llevaba una chaqueta de rayas, a su lado sonreía Ringo. Lennon tenía el brazo derecho sobre los hombros de Ringo y Paul, y el izquierdo sobre el de George, con sus pulgares hacia arriba. Siempre me ha gustado esa imagen.

En el año 1988 nos fuimos a vivir a Menorca y, de las cosas que dejé en Alcalá de Henares, una de las que más me dolió fue ese póster, que estaba pegado de tal forma en la pared que era imposible despegarlo sin romperlo. Conseguí otro no exactamente igual pero muy parecido, pues la foto debió de hacerse en el mismo sitio y casi al mismo tiempo, cuando vivía en Sevilla, ya con 20 años (y en color). Siempre quise recuperar aquella imagen.

Ese póster, mi primer póster con 8 o 9 años por fin en mi habitación, era como tenerlos a ellos conmigo. Los observaba y pensaba lo que debían de quererse, lo buenos amigos que eran. Lo buenos amigos que éramos.

Recuerdo los fines de semana, sobre todo los domingos, muy musicales. Mi padre se sentaba delante del equipo y organizaba sus cintas y sus discos, arreglaba un radiocasete, grababa… todo el tiempo había música en casa. Siempre le agradeceré aquello.

Uno de esos días mi padre andaba trapicheando algo con el equipo de música, quizá era otro radiocasete de coche, no lo recuerdo.

—Niña, tráeme una cinta, que voy a probar esto.

Guay, pensé.

Y obviamente yo le llevé una cinta de los Beatles. No podía ser de otro modo.

Mi padre escuchaba otras cosas aparte de los Beatles, y creo que llegó a pensar que había creado una especie de monstruo beatlémano conmigo. Y fue tal la bronca que me echó que me puse a llorar. ¡Me echaba la bronca porque le había llevado una cinta de los Beatles! No daba crédito ¿Qué significaba eso? ¡Pero si a mí me gustaban los Beatles por su culpa!

Qué injusta me pareció aquella reprimenda.

Nunca olvidaré la cinta que le llevé en sustitución de la cinta rechazada. Era una cinta que se llamaba «Magia negra», aparecía en la portada una mujer muy sensual envuelta en una serpiente. Era música disco de los 70. Me dio rabia reconocer que aquella música me atrajo, pero tardé mucho tiempo en darle una oportunidad porque la había descubierto gracias a unos Beatles rechazados…

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