«Here comes the sun» o la necesidad de los inviernos

Comparte

No hay nadie, creo, en mi árbol (VII)

A veces las canciones más bonitas tienen las historias más sencillas. Lo mismo pasa con «Here comes the sun», que es mi canción favorita. La tuve tatuada en el antebrazo (pero después de diez años el tatuaje se había deteriorado mucho y tuve que taparlo. Ahora tengo una ballena).

Harrison estaba, como estaban todos en aquella época, hasta los pelos del cariz alienante que había adquirido su forma de grabar. Además, aquel, en lo personal, fue uno de sus peores años… Tenía la sensación de que aquello se estaba convirtiendo en un invierno interminable y que la primavera estaba tardando demasiado en llegar. Así se sentía. Así que se fue a la casa de Eric Clapton, en Surrey, y se alejó un tiempo.

Y un día, paseando por el jardín con una guitarra de Eric, bajo el momentáneo sol que empieza a salir en Inglaterra cuando se acerca la primavera, surgió «Here comes the sun».

Los inviernos son necesarios. El invierno te obliga a refugiarte, a recogerte en ti mismo, como el cangrejo ermitaño que se esconde en las perfectas espirales de su caracola. Y a quedarte ahí, te guste o no. Quedarse con uno mismo es a veces incómodo, porque no siempre nos caemos bien. Pero es necesario conocernos (y aceptarnos) para vivir en armonía con nosotros y el mundo. Por eso, cuando llega la primavera y salimos de nuestra caracola, cuando «llega el sol», todo es nuevo, todo es más sano y nosotros estamos más vivos.

Otros inviernos a veces nos son impuestos, como le pasó a Harrison. Y son tan necesarios como los otros, aunque en ocasiones más jodidos, sí, pero también estos nos enseñan más. No entendemos qué significa todo eso, ¿por qué? No somos capaces de ver la luz.

Y de pronto, cuando ya hemos aprendido lo que tenemos que aprender, reaccionamos y «Here comes the sun». Llega el sol. La luz. El largo, frío y solitario invierno se acaba y las sonrisas vuelven a los rostros.

Esta canción nos recuerda que es necesaria la oscuridad para que haya luz, la noche para que haya día. Es necesario un mal momento, una mala racha, para que haya una buena. Es necesario un invierno para que llegue una primavera. La vida está hecha de ciclos. Nunca nada dura tanto como para que se vuelva insostenible, ni lo bueno ni lo malo.

Estamos programados para vivir nuestra vida y nuestras experiencias, por muy puteantes que nos puedan parecer a veces. Por eso cada uno tiene las suyas, personales e intransferibles. Por eso, aunque esas vivencias se puedan compartir, cada cual las vive de forma íntima y particular. El objetivo es siempre el mismo, evolucionar y crecer. Nunca hemos dejado de aprender y de evolucionar. Sólo dejaremos de hacerlo cuando también dejemos de vivir. Por eso, aunque resulten duros, tenemos que abrazar los inviernos de nuestra vida, porque luego llega el sol…

here comes the sun and I say it’s all right

Recuerdo que una vez leí que si un huevo se rompe desde fuera, la vida termina; si se rompe desde dentro, la vida comienza. Las grandes cosas comienzan y se gestan dentro. En invierno.

Suscríbete A mi BLOG

Y te regalo mi relato «El mirlo»

¡No hacemos spam! Más información en nuestra política de privacidad

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *