Escribir cura

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El otro día contaba que escribir para niños es para mí un lugar y un momento.

No es solo un viaje a mi infancia, es volver a la niña que quiero mantener siempre viva. Por eso, igual que, de vez en cuando, es necesario para mí viajar y salir de mi entorno, conocer otros lugares y ver otras caras, cada cierto tiempo tengo que escribir un cuento infantil.

Pero cuando el relato que estoy escribiendo no es infantil, también hay algo sanador en la escritura.

A veces no sé qué tengo que contar, el argumento no está claro. Los acontecimientos aún no los conozco, ni el tono, ni la mirada. Solo tengo sensaciones y una voz que me azuza «esto lo tengo que escribir, esto lo tengo que escribir…». Y luego aparecen los personajes y ellos solitos me cuentan su historia.

Con frecuencia no resulta una experiencia tan amable como la de los cuentos para niños. Porque tratar con ciertos personajes (como tratar con ciertas personas) es agotador y hasta doloroso. Pero es, desde luego, un interesante ejercicio de autoconocimiento, de reflexión profunda y una mirada diferente al mundo, que puede, con suerte, ayudarme a relativizar algunas certezas.

Igual que, como le contaba a mis alumnos el otro día en clase, ciertas obras literarias nos ayudan a hacernos preguntas que nunca antes nos habíamos hecho; también los que las escribimos tenemos la oportunidad, con ello, de liberarnos de los demonios que nos habitan en silencio.

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