¿Una novela sobre el dolor de espalda?
En ocasiones, la vida se vuelve demasiado pesada. Tanto, que hasta nos duele la espalda. Literal.
Así comienza esta novela: tenemos a un tipo al que le comienza a doler la espalda. Acude a distintos especialistas que le dicen que todo está bien. Sin embargo, parece manifestarse en él una especie de hipocondría que no le hará conformarse con los diagnósticos que le dan los médicos. Está convencido de que hay algo más, algo malo, muy malo en su cuerpo, que se manifiesta en dolor de espalda.
Paralelamente, asistimos a la humillación que vive en su puesto de trabajo y el trato denigrante por parte de su jefe y uno de sus compañeros. También conocemos la relación con sus padres, su mujer… y otros traumas y acontecimientos que a lo largo de su vida han quedado literalmente anudados en su espalda y que ahora parecen haber despertado. Les leo:

«Siempre se sabe cuándo empieza una historia. Yo enseguida comprendí que pasaba algo. Por supuesto, en tonces aún no podía imaginar hasta qué punto todo en mi vida se pondría patas arriba. Al principio noté una molestia difusa; un simple dolorcillo agudo en la parte baja de la espalda. Nunca me había pasado antes, no había razón para agobiarse. Sería seguramente un nudo de tensión por una acumulación reciente de preocupaciones.
Esta escena inicial ocurrió un domingo por la tarde; uno de esos primeros domingos del año en que hace bueno. Te alegras de ver el sol, por frágil y poco fiable que sea. Mi mujer y yo habíamos invitado a comer a una pareja de amigos, siempre los mismos, la verdad; eran a la amistad lo que nosotros al amor: una forma de rutina. Bueno, un detalle había cambiado: nos habíamos mudado a las afueras, a un pequeño chalé con jardín. Qué orgullosos estábamos de nuestro jardín. Mi mujer plantaba rosales con una devoción casi erótica, y yo era consciente de que colocaba en esos pocos metros cuadrados de vegetación toda su esperanza de un renacer de su propia sensualidad. A veces la acompañaba junto a las flores, y experimentábamos como oleadas de nostalgia de nuestro pasado. Después subíamos a nuestra habitación y, durante veinte minutos, volvíamos a tener veinte años. No ocurría con frecuencia, era un momento valioso. Élise siempre conseguía robarle instantes al hastío. Era tierna, era divertida, y yo me daba cuenta cada día de lo acertado que había estado al elegirla para ser la madre de mis hijos.
Cuando volví de la cocina, con una bandeja en la que había puesto cuatro tazas y la cafetera, me preguntó:
—¿Te encuentras bien? No tienes muy buena cara.
—Meduele un poco la espalda, no es nada.
—Cosas de la edad… —dijo en voz baja Édouard, con ese tono irónico del que jamás se desprendía.
Ahí tenemos el inicio de un dolor que irá en aumento capítulo a capítulo.
Se trata de una historia con unos diálogos divertidos y unas situaciones que a todos nos pueden sonar. Y con unas reflexiones que podríamos pararnos a analizar un minutito y aplicar a nuestra propia vida.
A veces, un dolor de espalda pertinaz pone de manifiesto un mal mayor, y no necesariamente físico. Obliga a tomar decisiones que ponen patas arriba nuestra vida y todo nuestro mundo conocido, nos ponen ante el abismo. Y es justo lo que tenemos que hacer.
Son nudos con los que atamos nuestras heridas, nuestros traumas, nuestras frustraciones… Cuando nos queremos dar cuenta, el nudo somos nosotros mismos, y no nos podemos ni mover. Y entonces es cuando nos vemos obligados a hacer algo.
Recuerda que puedes descubrir más en formato podcast en la sección «Pescando historias»
