Resulta sumamente complicado recomendar El mejor del mundo, del periodista Juan Tallón, y no precisamente porque no tenga sobrados motivos para hacerlo. Lo que pasa es que temo desvelar detalles importantes que sería mejor descubrir con la lectura. De hecho, mi sugerencia es que ni te leas la sinopsis.
Y es que esta es una historia sorprendente en muchos aspectos. Por ejemplo, el apellido del protagonista es… no diré inusual, porque es que es un apellido absolutamente único en el mundo, el apellido de un personaje histórico real. Y vaya personaje. Estoy segura de que no conoces a nadie más con ese apellido, solo a uno, a ese, el único. De hecho, que el protagonista tenga ese apellido lo condiciona bastante en su vida.
Otra de las cosas singulares en esta novela es a qué hace referencia el título El mejor del mundo, y es algo que se desvela en las primeras páginas. Nuestro protagonista, Antonio, que tiene un apellido, como te digo, insólito, pero también, como ves, un nombre bastante corriente, es un empresario de éxito y su sector es el del ataúd.
¿Qué es concretamente «el mejor del mundo»?

«Cubierto en pan de oro, precisa el folleto, para funerales exclusivos. Apolo brilla como el oro, se comporta como el oro, logra que todos los ojos que pasan cerca lo observen fascinado, y, en última instancia, las cabezas moldeen la misma pregunta: ¿Oro? Cada ángulo, detalle, moldura, intensifica el fulgor del ataúd, de cuyo interior brota, rebosante, el terciopelo azul, inmaculado, acogedor, que hace pensar en la calidez de la vida. Al lado del féretro un cartel impreso en letras doradas anuncia con inalcanzable perfección: EL MEJOR DEL MUNDO.»
Eso es lo que hace Antonio, está en una feria internacional en México presentando sus ataúdes y en concreto, el Apolo, su ataúd de lujo.
En la primera parte de la novela vamos conociendo algunos detalles de su vida: su relación con su mujer, con su hija, con su padre. Su relación incluso con la empresa que dirige. Conocemos detalles de su pasado y también de su situación presente. Los capítulos saltan de un momento a otro y así lo vamos conociendo a él, a Antonio. Y no por no seguir un orden cronológico resulta una historia complicada para nada.
En el primer capítulo de la segunda parte de la novela ocurren «cositas». La cosa se pone tela de inquietante. Y a partir de ahí no se puede parar de leer. Al protagonista le ha pasado algo muy potente. Ya te digo, tengo que limitarme a palabras como «cositas», «inquietante», «potente» porque si entro en detalles te estaría destripando algo que es mucho mejor descubrir con la lectura. Bueno, eso, le ha pasado algo muy fuerte y siempre estás pensando «¿yo cómo reaccionaría? ¿yo qué haría en una situación así?». Además, que es algo que yo, personalmente, he pensado en alguna ocasión y es una especie de fantasía/pesadilla que he planteado más de una vez.
Mientras el prota está tratando de resolver y explicarse lo que ha sucedido, también vamos conociendo detalles de su vida que nos dejan cuando menos… impactados.
Una invitación a la reflexión
Antes de terminar quiero incluir un fragmento que no va a ser ningún spoiler y que es una reflexión que me gustó mucho:
«Se preguntó cuánto tiempo tardaban en no haber existido nunca las cosas que una vez pasaron, pero que un día dejaron de ser recordadas. Era imposible que existiese lo que se olvidaba. ¿Quién lo atestiguaría? Era terrible. Por eso poner a salvo los hechos, ideas, sentimientos, y no dejar de evocarlos, era una forma bella de sobrellevar la vida, y por eso se lo hizo saber a Irene, aunque ya ni el prado ni el árbol les pertenecieran. Todo lo que se acaba, y que en algún momento fue parte de la existencia de una persona, se somete a dos destinos posibles. En uno se olvida, tras un proceso de demolición paulatino que alcanza su perfección cuando nadie recuerda nada; justo entonces esos hechos del pasado se convierten en inexistentes. En el otro, lo que se acaba se vuelve relato, anécdota, historia, y se deja prolongar cariñosamente en el tiempo».
Qué bonito, ¿verdad? En fin, no te pierdas esta historia. Merece mucho la pena.
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