Podría decir que esta novela es una de las mejores novelas que he leído. Lo tiene todo: un argumento apasionante, unos personajes extraordinarios y un desarrollo de los acontecimientos impecable.
Nuestro protagonista es Edvard Hirifield, un muchacho de 23 años que, a raíz de la muerte de su abuelo Sverre, con quien se crió (junto con su abuela Alma también), empieza a descubrir la profundidad de los secretos familiares. Quiere conocer los detalles de la muerte de sus padres, el porqué de la rivalidad de su abuelo y el hermano de este, Einar…
Conforme se va adentrando en esos enigmas, más preguntas le surgen, más incógnitas aparecen. Y más ganas tenemos, él y nosotros, de descubrir qué pasó.
Estamos en Saksum, Noruega, años 90, y se tienen que esclarecer sucesos que tuvieron lugar en los años 70 pero que guardan relación con la Primera Guerra Mundial y con la Segunda, en la que participaron ambos hermanos (Sverre y Einar).
Edvard sabe que sus padres murieron siendo él un niño. Pero descubre un detalle que dispara su afán por desvelar los enigmas de su pasado:

«El anuario explicaba que todavía quedaban millones de toneladas de explosivos a lo largo de las viejas líneas del frente y que muchos de los terrenos se consideraban imposibles de limpiar. Más de un centenar de turistas y campesinos habían muerto en los años precedentes por pisar estos artefactos no detonados.
Todo eso ya lo sabía por la escueta explicación de mi abuelo. Lo que no me había contado era lo que ponía a continuación.
«Ciertos objetos hallados en el coche indicaron a la policía que la pareja llevaba consigo a un niño de tres años.» Pero como el niño no aparecía, organizaron una batida. Perros sabuesos peinaron en vano el viejo campo de batalla, un equipo de buzos dragó el río y varios helicópteros colaboraron en la búsqueda.
Entonces leí la frase que calcinó lo que me quedaba de infancia. Fue como echar hojas de periódico a la chimenea, la letra aún puede leerse mientras se prende el papel, pero el más leve roce la transforma en ceniza.
Cuatro días más tarde, encontraron al niño en la consulta de un médico a ciento veinte kilómetros de distancia, en la pequeña ciudad portuaria de Le Crotoy. Las intensas pesquisas policiales no arrojaron resultados. Se supuso que el niño había sido secuestrado, aunque estaba ileso salvo por algunos rasguños.»
Acompañamos a Edvard en sus pesquisas, viviendo y casi sintiendo su miedo, su angustia, su nerviosismo, su tristeza, su satisfacción… cada vez que desvela un secreto.
Las descripciones de este libro resultan muy ilustrativas. Construimos el escenario tal como el narrador lo muestra, con sus colores, sus formas, sus texturas y hasta sus olores.
Norwegian wood
Hay un elemento clave muy presente en esta historia. La madera. La madera aparece en muy diversas formas y manifestaciones: el mango de una navaja, la culata de una escopeta, barcas, retablos y mobiliario de iglesia… Y ataúdes, porque el misterioso tío abuelo Einar era fabricante de ataúdes y un carpintero experto en madera de abedul flameado.
Abedules, hayas, robles, abetos, nogales… yo diría que son casi tan protagonistas como los personajes de esta familia. Sus colores, el sonido de sus ramas. Y cuando dejan de ser árboles para ser madera, los matices de sus vetas, sus tonalidades… Lars Mytting, el autor de este libro, tiene otro titulado precisamente El libro de la madera. Una vida en los bosques, luego deduzco que sabe de lo que habla con tanto arbolito.
Con la lectura de este libro he hecho varias consultas en Internet. Para buscar imágenes de bosques de abedules y noguerales; para consultar en el mapa los lugares adonde Edvard fue buscando respuestas… El libro no se agota en sí mismo, vamos más allá de sus páginas y su historia.
Durante un tiempo yo también indagué acerca de mis antepasados. Entrevisté a miembros de mi familia ancianos que me contaron secretos, que desvelaron sucesos y episodios que en su momento debían mantener ocultos. También me puse en contacto con organismos estatales de Memoria Histórica, tras los pasos de mi abuelo Antonio, que fue conductor de ambulancia en la Guerra Civil y tuvo la oportunidad de volver a casa y continuar con su vida… en la medida de sus posibilidades. Me sentí un poco, y eso me gustó mucho, como se siente Edvard en la búsqueda de sus raíces: alguien en quien los muertos podían confiar.
Recuerda que puedes descubrir más en formato podcast en la sección «Pescando historias»
