Quien me conoce un poco sabe que mi época favorita de la vida es la infancia. Cuanto mayor me hago, más niña quiero ser. Durante una etapa idealicé mis años universitarios, pero hoy prefiero la infancia. Y, ojo, soy consciente de que también la estoy idealizando, porque no todas las infancias son maravillosas.
Yo tuve suerte y fui una niña feliz, no sufrí desgracias ni experiencias traumáticas ni terribles, pude crecer cerca de mi familia y de buena gente. Pero sé que hay infancias muy desgraciadas, con pérdidas muy dolorosas y vivencias duras.
Cuando hablo de la infancia como la mejor época de la vida pienso en las cosas que tenemos en ese momento y que desaparecen enseguida, en muy poco tiempo de preadolescencia y que cada vez, creo yo, dura menos, porque la llegada al instituto acelera mucho el proceso. Pienso en la inocencia, la ilusión, la curiosidad, la creatividad, las ganas de aprender, de saber, de experimentar. Todo eso nos llega mermado a nuestra edad adulta. Por fortuna, muchos seguimos siendo curiosos, creativos y conservamos la ilusión y la ingenuidad en muchas de las cosas que emprendemos.
Memorias de infancia
En la literatura existe un subgénero narrativo llamado «memorias de infancia» en el que entran aquellas historias, autobiográficas o no, donde se recrea la infancia de los personajes. Se incluirían en este subgénero títulos como Las cenizas de Ángela o el Diario de Ana Frank. En ambos, las autoras y narradoras relatan su infancia, aunque en el primer caso lo hace ya la adulta y en el segundo sabemos que Ana Frank no llegó a adulta y lo que tenemos es su diario de niña.
A mí me gustan especialmente los libros en los que los años de la infancia de los protagonistas y las experiencias que vivieron nos sirven para entender cómo son esos protagonistas ahora de adultos. En ellas el personaje (o el narrador) recuerda o relata qué sucedió en algún momento de su niñez, cómo lo vivió y reflexiona acerca de la repercusión que tuvo y aún tiene, y cómo su vida es la que es gracias o a pesar de eso. O nos hace reflexionar a los lectores.
Este tipo de historias a mí me hace pensar también en la niña que yo fui, en cómo viví ciertas cosas, en cómo me afectaron o aún me afectan.
Creo incluso, fíjate lo que te digo, que pueden llegar a ser terapéuticos este tipo de libros, pues te pueden empujar a hacerte preguntas y a querer darles respuesta. Y eso puede cambiar vidas.
Empieza por aquí
En los siguientes post trataré en profundidad algunas novelas de este género. Pero mientras, puedes echarle un ojo a estos títulos:
* Las cenizas de Ángela que tiene un comienzo con el que ya te pones en guardia:
Cuando recuerdo mi infancia, me pregunto cómo pude sobrevivir siquiera. Fue, naturalmente, una infancia desgraciada, se entiende; las infancias felices no merecen que les prestemos atención. La infancia desgraciada irlandesa es peor que cualquier otra infancia desgraciada, pero la infancia desgraciada irlandesa católica es la peor de todas…


* El Cuerpo, de Stephen King, que curiosamente no es una novela de terror, sino de amistad. El narrador, uno de los protagonistas, ya adulto, recuerda las peripecias que vivió con sus amigos, de niños, en busca del cadáver de otro chico en el bosque. La mirada del adulto que recuerda es lo que le da una perspectiva más amarga a los acontecimientos. Esta novela fue llevada al cine con el título de Cuenta conmigo.
* La pasión según G.H, de Clarice Lispector, es un repaso por la vida de la protagonista tan angustioso a veces que la convierte en una lectura hasta incómoda. Al principio del libro dice:
Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido. No sé qué hacer con ello, tengo miedo de esa desorganización profunda. Desconfío de lo que me ocurrió. ¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa?

