Miedo

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En uno de mis últimos posts te contaba que, cuando algún alumno viene a la biblioteca a por un libro, lo examina bien y se fija en muchos detalles antes de elegirlo. 

El título y la portada ya dan mucha información: sobre el género, por ejemplo, y nos puede hacer imaginar hasta el argumento. Un libro que lleve por título El verano en que nos amamos o El vigilante de Auschwitz ya te da una idea. Luego, con la sinopsis, confirmas o desechas. 

Mis alumnos muchas veces, como no les queda más remedio que leerse algún libro sí o sí, lo eligen solo por lo fino que es.

Es un factor que incluso los amantes de la lectura tenemos en cuenta. Hay gente que no quiere historias cortas, que quieren tochos. Y, al revés, gente que prefiere historias breves. 

Yo elegí a Zweig porque sus novelas (en general) son breves. Al mismo Zweig le gustaba leer textos concisos, nada de rollos ni palabras y personajes de relleno. De ahí la concisión y brevedad de sus propios textos.

El primer libro que yo leí de Zweig fue, precisamente, Miedo. Lo elegí por el título y por el grosor. Es de los finos. Quería leer sobre esa emoción. Y descubrí que este autor era capaz no sólo de penetrar en la psicología de los personajes, sino de traducirla en palabras como nadie. En la lectura de sus libros no asistes a la historia de los personajes, no los observas como espectador externo, sino que participas de lo que sienten en cada momento. Y eso es brutal porque es como si el autor te dijera «sé que tú también has sentido esto y lo has sentido así». Mola mucho porque cuando has entrado no en el argumento o lo que ocurre en el relato, sino en la mente de los personajes, la lectura es diferente.

En Miedo, Irene Wagner, aburrida en su matrimonio monótono y anodino, inicia una aventura con un pianista. Una mujer descubre la infidelidad y la chantajea con la amenaza de contárselo a su marido. Ahí nace el miedo de la protagonista, la culpa, la ansiedad. Y tiene un final sorprendente, como muchas de las narraciones de Zweig, no solo para el lector sino también para la propia protagonista. Aquí te dejo un fragmento:

El miedo aguzaba sus sentidos. Notaba a su espalda la presencia de alguien que se aproximaba a ella a toda prisa. Horrorizada, empezó a correr cada vez más rápido, aunque sabía que al final no podría escapar de su perseguidora. Sus hombros se estremecían presintiendo el tacto de aquella mano. Los pasos sonaban cada vez más cerca. La alcanzaría en cualquier instante. Cuanto más apretaba el paso, más pesadas sentía las rodillas. Ahora estaba justo detrás de ella. Oyó que la llamaba por su nombre. ¡Irene! Sin embargo, la voz no era como la recordaba, no era la voz que ella temía, la de la terrible mensajera de la desdicha. Respiró hondo y se volvió. Era su amante, que a punto estuvo de chocar con ella, cuando se detuvo en seco. Su pálido rostro revelaba una confusa excitación y ahora, al enfrentarse a la desconcertante mirada de ella, incluso vergüenza. Inseguro, levantó la mano para saludar y enseguida, al ver que ella no le ofrecía la suya, la dejó caer. Ella lo miró fijamente unos segundos, tratando de asimilar aquel inesperado encuentro. No habían pasado más que unos días desde aquella última cita, pero el miedo había hecho que se olvidase de él. Ahora que tenía delante su rostro pálido, con aquella expresión vacía, perpleja, que se dibuja en los ojos de quien no encuentra respuesta a sus preguntas, una ardiente ola de rabia se elevó de repente dentro de ella. 

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