Que los niños lean

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Como profe puedo dar muchos argumentos a favor de que los niños lean; por supuesto todo el mundo, niños y adultos debemos leer. Pero si conseguimos desde pequeños desarrollar un hábito lector, tendremos ahí una fuente inagotable de beneficios que no recibimos de otro modo. De eso ya hemos hablado.

Los signos de puntuación

Yo no trabajo con niños pequeños, mis alumnos son ya adolescentes y, con sólo leer algunos de sus textos, cuando recién los conozco, sé si es o ha sido lector. Con cómo escribe alguien puedes intuir su trayectoria como lector. El uso del vocabulario que hace, de la ortografía y las tildes son un indicador; el desarrollo de las ideas, la estructura, el orden, hasta la limpieza. También del uso de los signos de puntuación, que, curiosamente para muchos no son nada importantes («sólo es una coma, maestra, tampoco es para tanto»). Y, mira, hace un par de años leí un libro genial titulado Cómo la puntuación cambió la historia, en el que se hace un recorrido de eso, los signos de puntuación a lo largo de la historia de la escritura. En ese libro se dice:

Cuando le escribimos a alguien que no nos conoce, nosotros y el texto tenemos la misma importancia.

Se podría decir que somos lo que escribimos. Y lo que escribimos y cómo escribimos se fragua en nuestra experiencia lectora.

Leer nos ayuda a observar el mundo y comprenderlo, a discernir lo importante de lo superfluo. A ordenar nuestros pensamientos. A organizar las ideas que queremos expresarle al otro. También a comprender los mensajes del otro, para evitar malos entendidos y manipulaciones. Y si esto no se alimenta desde niños, nos convertimos en adultos cojos, nos falta algo. Y eso nos lleva a una comunicación farragosa y llena de ruido.

Un rival sin igual

Hoy los libros tienen unos competidores muy fuertes. Desde muy pequeños hay niños que, si les pones por delante un libro o un móvil, se tiran de cabeza al móvil, porque el móvil les ofrece un millón de estímulos atractivos, placenteros y adictivos sin que ellos tengan que mover un dedo. O, bueno, lo único que tienen que mover es eso, un dedo. Pero no tienen que pensar demasiado y eso mola, porque pensar resulta a veces agotador. Las imágenes que tendrían que crear en su mente si leen un libro, ya les llegan a borbotones en la pantallita. El problema viene cuando tienen ellos que crear algo en su cabeza, imaginar, inventar y son incapaces porque no han desarrollado la habilidad.

Te sigo hablando como profe y te digo que me doy cuenta de que muchos de mis alumnos han sido lectores de niños, ávidos lectores, pero en la adolescencia solo unos pocos consiguen conservar esa pasión, por lo que te digo: redes sociales y videojuegos. Que yo lo entiendo, que conste, también cojo el móvil y me pierdo en la pantalla muchas veces. Precisamente por eso me alarma. Si con quince años no te gusta leer, va a ser complicado que, por propia voluntad, sueltes el móvil y cojas un libro.

Por eso es tan importante que los niños desarrollen un gusto por la lectura a prueba de móviles. No sé si es una quimera lo que pido, pero creo que es básico.

Y como escritora de cuentos infantiles te diré que las cuentistas también tenemos ese hándicap, aparte de nuestra propia competencia en el mundo editorial, claro. Debemos ofrecer una historia que sea capaz de medirse con Instagram o Tiktok, y es complicado. 

La literatura infantil

En la literatura infantil, aparte de la historia, también es clave la ilustración. Cuando hablábamos de qué es lo que nos atrae de un libro en cuanto lo tenemos en nuestras manos: título, portada, sinopsis, lo gordo o fino que sea… En los libros infantiles debemos añadir la ilustración. Incluso mis alumnos de catorce querrían libros con dibujos. La ilustración de un cuento, dependiendo del tipo de formato, puede actuar como complemento del texto o incluso puede sustituirlo porque la narración esté plasmada en la misma ilustración.

Con ellas identifican a los personajes, les ayudan a comprender mejor la historia. Es otro modo de comunicar y de conocer.

También desde mi experiencia y la de compañeras, diré que es fundamental que entre la ilustradora y la autora (hablo en femenino porque en la literatura infantil somos muchas más mujeres que hombres) haya buena comunicación, pero considero igual de importante que la haya entre ilustradora e historia, que conecten. El cuento tiene que decirle algo a quien lo va a ilustrar, tiene que gustarle, tiene que transmitirle un mensaje que le resulte inspirador y sugerente. Porque si no, las ilustraciones resultan sin alma.

Desde que soy escritora de cuentos infantiles también me he vuelto fan de esa literatura. Es lo que tiene querer ser una niña de ocho años.

Y es todo un universo…

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