La cartera, de Francesca Giannone, es una de las novelas más leídas en España y especialmente en Italia, donde ha recibido varios premios. Esta obra, que combina drama, lucha y emoción, nos cuenta la historia de una saga familiar a lo largo de varias décadas y nos presenta a Anna, una mujer que, en pleno sur de Italia en los años 30, se atreve a desafiar las normas y a buscar su independencia.
Una protagonista adelantada a su tiempo
Anna es una mujer valiente y decidida. Pero también tierna y sensible. Se va a vivir al pueblo de Carlo, su esposo, a Lizzanello. Con todo lo que ello implica: es mujer y es forastera. Pero es que, además, es una verdadera adelantada a su tiempo; con las ideas muy claras. Desafía las normas sociales de un pueblo pequeño del sur de Italia en los años 30 del s. XX. Busca su independencia, pero no solo eso, también la de otras mujeres. Se enfrenta a las convenciones, al machismo, a las dificultades. No va a la iglesia, no le interesan los chismes y tomará decisiones que escandalizarán a muchos y sobre todo a muchas. Como por ejemplo, asumir el puesto de cartera y repartir la correspondencia en el pueblo… como si fuera un hombre.
Un retrato coral lleno de secretos
A mí esta historia me ha encantado y el personaje de Anna especialmente, pero no solo. Ya te digo que estamos ante una saga familiar. Tenemos a Anna y también a Carlo, su marido. A Antonio, su cuñado, hermano de Carlo, y a la mujer de este: una mujer también de su pueblo y de su tiempo. Conocemos a otros personajes de Lizannello y los secretos que esconden. Todos tienen algo impactante que vivir y que experimentar.
La clave de esta historia no está solo o principalmente en los acontecimientos que se narran, sino en los personajes. Todos evolucionan y se transforman. Y los acompañamos en ese recorrido.
El prólogo ya es un spoiler en sí mismo. Está fechado el 13 de agosto de 1961, nos ubica en Lizzanello y las primeras palabras son: «¡La cartera ha muerto!»
«La noticia se propagó como un relámpago a través de cada calle y callejón del pueblo.
—Pues al final sí que ha estirado la pata —comentó doña Carmela, asomando la cabeza por la puerta con aspecto somnoliento.
El cerco negruzco de rímel del día anterior se le había quedado pegado en las arrugas de debajo de los ojos.
—¡Descanse en paz! —replicó la vecina de enfrente vestida con una bata, y se santiguó.
—Ya decían que no se encontraba bien —se entrometió otra desde el balcón—. Hacía tiempo que no se la veía por ahí.
—Los bronquios, he oído decir —puntualizó una mujerona que estaba barriendo el umbral de su casa.
—Tenía la enfermedad de los carteros —explicó la del balcón—. ¿Os acordáis de Ferruccio? Él también murió joven.

Doña Carmela hizo una mueca.
—Voy a planchar el vestido de las fiestas —dijo.
Y volvió a entrar.
En otra casa no demasiado distante, donde terminaba el núcleo habitado y comenzaban los olivares, Giovanna estaba sentada a la mesa de la cocina y derramaba lágrimas sobre una postal fechada el 22 de mayo de 1936. La dobló por la mitad, se la metió en el hueco de los senos y salió».
Aún no lo sabemos, lo sabremos más adelante, pero esa doña Carmela y esa Giovanna serán personajes clave en la vida de Anna y, por supuesto, Anna en la vida de ellas.
Descubre más en formato podcast en la sección «Pescando historias»
