Los tesoros de la infancia: mis primeros libros
El primer libro que me viene a la memoria cuando me recuerdo de niña leyendo ávidamente es, sin duda, Fray Perico y su borrico. Me encantaba que fray Perico fuera tan buena gente y que cada fraile tuviera una ocupación que rimara con su nombre (Fray Olegario, el bibliotecario; fray Mamerto, el del huerto…). Creo que la rima y el ritmo, la música y la poesía en el fondo, tienen algo muy primitivo que engancha a los niños muy pronto.


El segundo libro de mi infancia fue una adaptación del «Viaje a Liliput» de Los viajes de Gulliver. Como el anterior, fue un regalo de cumpleaños de una prima mayor que yo. Yo quería ser como ella y que ella me hiciera esos regalos los hacía especiales, así que les tenía un cariño diferente y me acercaba a ellos con otro interés. De alguna forma mi prima contribuyó a que a mí me gustara leer.
En el colegio, no sé si sería 4º o 5º de EGB, teníamos un libro titulado «Alféizar», de la editorial Anaya. Solo tenía lecturas, y los días que tocaba leerlo eran mis favoritos.
Hace unos años, cuando mi sobrino tenía seis o siete, le leí el cuento de Oscar Wilde «El príncipe feliz». Al llegar a su triste final, reviví la emoción que sentí cuando lo leí por primera vez a su edad. Fue como volver a ser niña.
Cuando me iba haciendo mayor empecé a acercarme a otras lecturas más extensas, con personajes más de mi edad. Recuerdo Ulrike va al internado, de María Luisa Fischer. No sé si leí algo más de esta autora. También cayeron en mis manos otros libros de este estilo que ahora no recuerdo.
Por supuesto, crecí con los tebeos de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape y durante un tiempo también Astérix.
Los tesoros de la adolescencia: lecturas que me marcaron
Cuando empecé el instituto (en Menorca) la única novela que recuerdo con personajes con quienes podría identificarme mínimamente es una historia escrita en catalán: Cor de pàgina esbrellada (Corazón de página rota), de Pons Ponç, un autor menorquín. Me costó un poco, porque yo no hablaba (ni hablo) menorquín (o catalán), aunque lo entienda. Leerlo tuvo su dificultad. Pero fue una historia que me gustó mucho y también releí.
Las novelas que más me marcaron en mi adolescencia no eran, ni de lejos, literatura juvenil, aunque en aquella época no sé ni siquiera si existía ese concepto. Pero, desde luego, me acercaron a una literatura que nunca antes había conocido y que afianzaron mi pasión por los libros. Con quince años leí Niebla, de Miguel de Unamuno; El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, El perfume, de Patrick Süskind y La metamorfosis, de Kafka.




La misma profesora que me planteó esas lecturas nos explicó el soneto Amor más allá de muerte, de Quevedo («Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra…»). Con él aprendí algunas complejidades y laberintos que se pueden construir con las palabras.
En el instituto descubrí que existía una carrera llamada Filología Hispánica. Consistía en el estudio de la lengua y la literatura españolas: literalmente, el paraíso. No tuve dudas.
Revelándose el camino a seguir en la literatura
Estas historias me marcaron porque me llevaban a un lugar dentro de mí que por un lado era nuevo, pero al mismo tiempo se sentía como un hogar. Sin embargo, «solo» leer no era suficiente. Yo quería también crear esos personajes y esos universos. Era la otra cara de la literatura: ser emisora, además de receptora.
Aunque siempre he escrito, cuando empecé a hacerlo con cierta formación y técnica, ya tenía la suficiente edad como para haber idealizado mi infancia. Quise revivir la ilusión y sencillez de la niña de ocho años que fui. Me di cuenta de que escribir para niños era entrar en mi propia infancia y ser esa niña que siempre quiero tener presente y cuidar.
Pero, también, ser profe de adolescentes me permite mantener también activa y ágil la parte de mí más ocurrente, jovial y guasona. Me gusta escribir historias locas en las que mis alumnos puedan verse reflejados.
¿Has leído algunos de estos libros?
