¿Vale la pena leer La mala costumbre?
Respuesta corta: SÍ
¿Y de qué va?
La protagonista de esta novela, que no es Alana P. Portero (la autora), aunque, dicho por ella misma «está tejida con elementos que tienen que ver con ella», creció en un barrio obrero y miserable del Madrid de los 80, como tantos otros, arruinado por la heroína y la precariedad. Conocemos a sus padres, su hermano, sus vecinas. Sus necesidades, sus luchas. También su empatía, sus miedos.
Pero conocemos, sobre todo, cómo se vive en un momento socialmente precario e inestable, una transexualidad que no se entiende y se tiene que esconder en un armario, con lo que ello implica para una salud emocional ya de por sí frágil.
Lo mejor
El desfile de personajes con quienes se cruza y se relaciona nuestra protagonista: Jay, su primer amor; Eugenia la Moraíta, con quien podía hablar libremente porque la comprendía a la perfección; Margarita, el primer contacto con la realidad trans que tuvo y que en un principio rechazó, pero que posteriormente se convirtió en personaje clave en su proceso. Todos ellos componen una constelación de vidas que nos acercan a realidades que nos pueden parecer ajenas, pero que están ahí y forman parte de nuestro mundo también.
El arranque del libro es brutal.

«Vi caer como ángeles terminales a una generación entera de muchachos. Adolescentes con la piel gris a los que les faltaban dientes, que olían a amoniaco y a orina. Cubiertos de agujas como san Sebastián (…).
La primera vez que me enamoré fue de uno de aquellos ángeles. Se precipitó desde la ventana de casa de sus padres, que quedaba encima de nuestro bajo de treinta y cinco metros cuadrados, con una jeringuilla clavada en el pie. Mi vecino Efrén apareció muerto en la calle, medio desnudo, delante de mi puerta. Yo aún no había cumplido los seis años, llevaba un parche en un ojo y tartamudeaba. Creo que fueron los lamentos de su madre los que alertaron a los habitantes del bloque de tres pisos sin portal, con escalera exterior, en el que vivíamos. Llegamos antes que la policía, que se tomaba su tiempo para hacer su trabajo cuando se trataba de San Blas. Para ellos, para toda autoridad, solo era otro yonqui muerto, el hijo de alguna obrera deslomada por fregar escaleras a la que, probablemente, su niño del alma ya le habría desvalijado varias veces la casa para meterse caballo.
El caso es que no recuerdo a Efrén vivo. Solo tengo la imagen que pude rescatar de entre las piernas de mi madre y mi vecina Lola, con el único ojo del que disponía, como si estuviese mirando por una cerradura. Las madres de mi barrio no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas, con los ojos hinchados y babeando. Cubriendo a sus criaturas como podían, arropándoles como bestias desesperadas, llamándoles hasta dejarse la voz en la acera, clavándoles las uñas en la carne, yéndose con ellos de alguna manera.»
Lo más duro
Es una novela exigente emocionalmente:
- Crudeza
- Realidad incómoda
- No es una lectura ligera
Este libro es para ti si…
- Te interesan historias reales y sociales.
- Buscas literatura que remueva
- Te gusta la prosa cuidada y poética
En definitiva…
De verdad creo que este es un libro necesario: por duro, por cruel, por crudo. Pero también por poético, por tierno. Por real.
Recuerda que puedes descubrir más en formato podcast en la sección «Pescando historias»
