Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo…
Así empieza mi poema favorito. Es del poeta griego más importante del s. XX, quizá lo conozcas. Es Constantino Cavafis, ambas con K o con C, como prefieras.
Puede que, si has escuchado mi podcast «La Matricaria», esto te suene. Aquí voy a hablarte, como en el último episodio de la primera temporada de mi podcast La Matricaria, de Ítaca, porque he pensado que quizá sería buena idea dejarlo también aquí por escrito.
Confieso que sé poco o nada de Cavafis, y lo confieso con vergüenza, porque entra dentro de mi larga lista de intereses por abordar que empieza a no tener fin.
Este autor vivió entre 1863 y 1933, es decir, que fue contemporáneo a Antonio Machado, que para mí es, digamos, como Cristo, ahora la hora de establecer una cronología. Antes de Antonio Machado, después de Antonio Machado. Bueno, lo digo en broma, pero sí es cierto que me ayuda a ubicar la línea cronológica.
Cavafis nació en Alejandría y, tras la muerte de su padre, se trasladó a Inglaterra, donde aprendió perfectamente la lengua inglesa, pero después regresó a su tierra natal y ya no la abandonó, salvo por algunos viajes.
Empezó a escribir poesía muy joven y, en ella, desde muy pronto muestra su gusto por la nostalgia del pasado, el sentimiento de vejez, del paso del tiempo y la certeza de la muerte.
Sí, podría parecer una poesía triste, y sin embargo, te diré que el ánimo que inspira su poema Ítaca, lo convierte en cualquier cosa menos en melancólico, triste o pesaroso.
Ítaca es un poema que hay que leer con frecuencia, en especial en momentos, precisamente, de desaliento, de incertidumbre o de tristeza.
Pero antes de entrar en el poema, te recordaré qué es Ítaca y alguna cosa más para poder entender bien el mensaje del poeta.
Ítaca es la patria de Odiseo, o Ulises, como también se conoce al protagonista de la Odisea, el poema épico de Homero. A Odiseo se le da por muerto pues, años después de la guerra de Troya, aún no había regresado a su casa, Ítaca. Pero no estaba muerto, ni de parranda, o bueno, eso según se mire… En cualquier caso, Odiseo estaba atrapado en las mil y una peripecias, incidentes y andanzas en las que, como si de una mitológica ley de Murphy se tratara, caía sin remedio.
Diez años se pasó de viaje, viviendo eso, toda una odisea. Y su único afán, todo el tiempo, era llegar a Ítaca, donde lo esperaban su mujer y su hijo; su familia y su pueblo. Su hogar. El lugar seguro donde, por fin, descansar.
Y de la misma manera que hemos tomado el título del poema homérico para referirnos a una sucesión de aventuras, peripecias e incidentes, dentro de un viaje o fuera de él, también podemos identificar el término Ítaca como sinónimo de destino, objetivo, meta, propósito.
Partiendo de esa premisa, lo primero que nos dice el poeta es «Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, desea que el camino sea largo…». Y, sin embargo, si eso se lo estás diciendo a alguien que es muy impaciente y tiene prisa por alcanzar sus objetivos, el consejo no parece muy tentador.
Un viaje demasiado largo, cuando tienes prisa por llegar, puede disparar la desesperación de un impaciente hasta límites muy incómodos.
Pero es que así debe ser: un viaje largo y lento. Porque este poema nos recuerda que lo importante no es la meta, sino el camino que recorremos para llegar a ella.
Detengámonos en el texto:

Largo y lleno de aventuras y experiencias.
Los lestrigones, los cíclopes y el colérico Posidón están ahí. No vamos a tener un camino placentero y libre de obstáculos. Pero debemos mantenerlos a raya, que no entren en nuestro espíritu y tiñan nuestra mirada de pesimismo.
Obtén lo mejor de lo que te vas encontrando, disfruta y aprende de los que saben. Con Ítaca siempre en la mente, pero sin prisas. Y, lo más importante, no poner altas expectativas en ella, esperando que, al alcanzarla, te llene, pues lo que te ofrece es el camino y eres tú el que debes llenarlo para darle sentido.
Sí, pero cuando uno está pasando una mala época y está mal, en lo último en lo que piensa es en Ítaca y en aprender y disfrutar de ese momento y ese proceso.
Te contaré algo íntimo. Hace unos años yo daba clase a alumnos de 2º de bachillerato. Leímos este poema y lo estudiamos. Todos entendimos a Cavafis y nos llegaron sus enseñanzas. Pero hubo un momento en que me sentí una impostora.
Había una parte del poema que yo no me terminaba de creer: «A los lestrigones y a los cíclopes, al colérico Posidon no temas, pues nunca encuentros tales tendrás en tu camino, si tu pensamiento se mantiene alto…». «A no ser que tu alma los ponga en pie ante ti» dice después.
Yo, en lo personal, había colocado ante mí al cabrón del Posidón, y me estaba puteando pero bien. ¿Con qué cara les estaba diciendo a mis alumnos que no se los iban a encontrar en su camino si mantenían alto su pensamiento?
Entonces, en un momento dado, antes de terminar el curso, quise ser honesta con ellos y decirles que igual sí; que igual, por mucho que intentaran evitarlos, los lestrigones y los cíclopes se iban a cruzar en su camino y les iban a fastidiar la travesía.
Que quizá también iban a sentirse engañados por Ítaca antes de llegar a ella. Y hasta creer incluso que se han equivocado de Ítaca.
Recuerdo el silencio en el aula mientras les decía eso y después, cuando yo me callé y nos quedamos todos pensando; hasta que sonó el timbre y la clase terminó.
Creo que era necesario que lo supieran, me querían y confiaban en mí. No podía callarme algo que me parecía tan importante.
Hoy sé que todo formaba parte del camino. Que la duda y el miedo estaban ahí, quizá erguidos ante mí, pero yo también me erguí y continué, como hizo Ulises, hacia Ítaca.

lo escuché el La Matricaria, pero escrito te permite analizarlo despacio y pensar. Gracias Olvido, que bonito escribes. ❤️
Qué bien, Rosa. Muchas gracias. Me alegro de que te guste ♥